Historia de amor y cuernos (fin)


El aviso. Pintura digital, Mujerárbol, 2021.

Como el Táin Bó Cúailnge (TBC I) es algo de lo que me he ocupado desde 1980 por lo menos, tiempo, pues terminamos ¡ya! la serie con esta entrada.

En una publicación de una excavación arqueológica en territorio de la antigua Galia Bélgica, leía ésto (1) que me parece que pega bien con lo que quería decir en esta serie:

«¿Cuál es la celticidad de la cultura irlandesa medieval, en la cual algunos apoyan los datos mitológicos que no hallan en las fuentes de la Antigüedad (clásica)?»

A finales de los años 40 se creía que el relato del Táin (y otros de la narrativa medieval irlandesa) era probablemente histórico y que habría sucedido en torno a la Era Cristiana. Pero la proposición hoy está desechada, aunque ésto no ha evitado que… «¡siga la competición!» entre investigadores. En general, unos creen que los relatos medievales irlandeses sierven para conocer la mitología, o la religión o la sociedad del mundo celta de la Antigüedad, y otros creen que los escribas medievales (en Irlanda, desde el siglo VII/VIII en adelante) y su mundo, sus condiciones y la historia de los manuscritos existentes, tiene mayor peso que esos antiquísimos «recuerdos».

Algunos autores recientes encuentran coincidencias entre la Arqueología y el Táin, o ven elementos del relato que pudieran ser pre-históricos o, por lo menos, ser muy anteriores a la construcción literaria de esta narración. Se supone que comenzó siendo un relato oral -quizá con partes o todo ello en verso, o en canción- que circularía durante mucho tiempo de boca a orejas, hasta que a un profesional de la escritura «histórica» en un monasterio, se le ocurrió ponerlo en forma escrita.

Pero el arqueólogo J.P. Mallory y otros autores han recalcado que, en general, el atrezzo material (armamento, hábitat) del Táin concuerda más con los siglos V y VI de la Era que con algo «prehistórico» (en su acepción del Bronce tardío o de la E. del Hierro). Muchos elementos del mísmo no tienen reflejo en la arqueología irlandesa, por ejemplo, los lujosos carros de guerra o el armamento y el manejo marcial exhibido por los héroes de la epopeya. Incluso parte de este aspecto, o del hábitat, sería de época escandinava (2).

Desde luego, hay cosas en la Arqueología, que arropan (más que confirmar) elementos que se encuentran en el relato:

  • El complejo arqueológico de Navan (Irlanda del Norte, Co. Armagh) en el que existe una continuidad del lugar como centro de poder/ritual desde el Bronce final hasta la Edad del Hierro… que se prolonga en la Edad Media (episcopado medieval y actual arzobispado primado de Irlanda). En el yacimiento se encuentran espacios tales como un área de banquetes, similar a las halladas en el mundo galo, con abundantes restos de animales procedentes de toda la isla, y los restos de un edificio circular en el que se llevó a cabo una destrucción (quizá ritual) mediante fuego, que llama la atención por su minuciosidad y datación. Todo esto tiene reflejo en el Táin y en otros relatos mitológicos/épicos irlandeses. (3)
  • La insólita (y discutida) presencia de «imaginería Táin», como una versión en imágenes o primitivísima, en el afamado caldero de Gundestrup.

Precisamente, el investigador que defendió por primera vez esta interpretación de dicho objeto arqueológico, Garret Olmsted, es el mismo que señaló que se encuentra en TBC I (mss. LU, Y) un fragmento poético que podría contener un núcleo oral muy antiguo del relato, el cual junto con otros poemas que tienen huella linguística anterior al s. XII serían los verdaderos preliminares del relato. Se trata del poema Verba Scathaige («Las palabras de Scathach«) y el Conailla Medba Míchuru («Gozó Medb de Contratos Desiguales») (4).

Caldero de Gundestrup. Foto: Rosemania – https://www.flickr.com/photos/rosemania/4121249312, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=9404289

Los «preliminares» tradicionales que normalmente se asocian al Táin (los rémscéala), son relatos de cosas relacionadas directamente con lo que narra el Saqueo, pero que sucedieron antes y el explican los porqués del asunto. Mayormente, aparecen editados JUNTO a la versión TBC II, y la mayoría son, como ella, muy posteriores al s. XII en sintaxis y en lenguaje literario.

 Pero ese poema, denominado entre los investigadores «rosc de la Mórrígan» (su título es el primer verso: In fitir in Dub dusaim, «¿Conoce el Toro Pardo…?»), es un texto de caracter misterioso y compleja sintaxis, en el que la diosa Gran Reina, en forma de graja, advierte al Toro Pardo de algunos de los hechos que sucederán durante el Saqueo, los cuales conducirán a su muerte en la escena final, una de las más potentes del Táin. Aunque el poema se encuentra también en TBC II (solamente en uno de sus mss), el lenguaje que posee en este caso es más oscuro aún que el del original. Se considera que es una reelaboración posterior del poema que está en TBC I.

Para que los lectores tengan un poquito del «sabor» del Táin les dejo aquí la traducción realizada por Olmsted del poemilla. Tengan en cuenta que todo lo que uno de los revisores de TBC I señaló con la palabra «rosc» es verso en la forma más antigua -y no de las más fáciles de entender- del irlandés medieval:

            «¿Conoce el Toro Pardo el conflicto sin compensación,

la hueste destructiva, un dominio que no se disputa?

Desacostumbrada es la carga que el enemigo impone

sobre las gentes de Brega. En hombres se pagará.

Tengo un secreto que El Pardo sabrá

si pasta en la llanura herbosa de turba,

lo muy verde se torna muy negro.

             Por el fuego los bueyes serán expulsados de su llano.

Las huestes seducen a uno de sus veloces héroes.

Un cruel mugido es el pago por los muertos. Triste historia será

el refugio del Cúalnge cinco días después de su muerte

tras la lucha mortal de los nobles jóvenes de su pueblo».

 Como puede verse, el poema es un resumen de la espina dorsal del Táin, en la que el protagonista no es, ni mucho menos un héroe humano/Perro, sino un Toro oscuro.

Termino ya con esta entrada y con la serie sobre el Táin, pensando que, quizá, a los aficionados a la Historia les sorprenda saber que no está escrito todo lo que hay que saber sobre esa cosa con plumas llamada «céltica»…. aparte de los usos políticos del adjetivo «celtic» y de otros usos no propios. 

Y es que, el desconocimiento de las condiciones de la Literatura Irlandesa medieval (Mujerárbol se ocupará más veces de ella) implica que no es tan fácil agarrarse a estas narraciones para conocer lo que sucedía en el mundo celta de la Antigüedad… aunque a veces saltan sorpresas.

En fin: sorprende que nunca termine la narrativa medieval irlandesa de seducir, inspirar y espolear a los curiosos, a los poetas, y hasta a los que estudian la arqueología del Bronce y el Hierro europeo; no menos a los que cacharreamos con la Edad Media…

¿Quién sabe? A lo mejor algún día la cosa con plumas resulta ser, ¡qué se yo! una grajilla o un martinete.


NOTITAS:

(1) Brunaux, Jean-Louis: Les sanctuaires celtiques de Gournay sur Aronde et de Ribemont sur Ancre, une nouvelle approche de la religion gauloise. Comptes rendues des séances de l’Academie des Inscriptions et Belles Lettres. N. 2. 1997. 

(2) Mallory, J.:  Aspects of the Táin. Belfast, 1992.

(3) Emania, Bulletin of the Navan Research Group. nr. 12, 1994. Todo el número está dedicado a lo que revela la arqueología sobre la arquitectura del sitio, que aún está siendo excavado.

(4) Tratados por Olmsted en su relación con el núcleo narrativo del Táin en Emania, nr. 10, 1992, pp. 5-17.

(5) Carmen Leal Soria (traducción) y L.M. Toribio (ilustraciones): Cuadernos de Estrata 3. El Saqueo del Ganado de Cúailnge. Fuenterrabía, 1982.

 

 

 

 

Peregrinación a la muerte


Pórtico de la Capilla de Cormac, Cashel (s. XII). Foto: Warren LeMay from Covington, KY, United States, CC0, via Wikimedia Commons.

Me preguntaron hace poco si en Irlanda hubo arte Románico. Para abreviar la respuesta, dije que el poco que había casi desaparece en los dos siglos anteriores al XX y que por tanto, es escaso lo que podemos ver allí. Lo dije un poco a lo loco, esa es la verdad, pero no estaba desencaminada.

Como vimos en el artículo que trataba del Románico fetén, el que podemos encontrar en la Península Ibérica, Francia o Italia, dos de los factores claves de la difusión del románico por el continente europeo fueron las peregrinaciones y el establecimiento del sistema feudal.

En la antigua Irlanda sí que existieron peregrinaciones, pero no un sistema feudal. De las reglas (o mejor de los “acuerdos puntuales”) entre el Poder y la sociedad, y del sistema de Sucesión a la Realeza, etc. hablaremos en otro momento, porque la cosa es complicada. Pero, para ser breves, el sistema era pre-feudal y bastante «bárbaro» en ciertos aspecto, aunque relativamente «moderno» en otros.

La sucesión real estaba sujeta a discusión (legal y extralegal) era complicada y, en sí, no sabemos de ella tanto como pareciera. Debido a las leyes matrimoniales, que de hecho eran una forma de poligamia que favorecía el barullo de herederos (pero no había regla que indicara que algún primogenito debiera ser el siguiente), y al sistema familiar de tenencia de tierras, los reyes menudeaban.

F.J. Byrne en su obra más citada calcula que habría «no menos de ciento cincuenta reyes en Irlanda en cualquier momento entre el s. V y el XII». Luego decimos de la lista de los reyes godos…

Tampoco existían en Irlanda grandes caminos peregrinales, mucho menos los financiados por alguna monarquía o por algún particular.

Pero, si miramos más detenidamente, resulta que existían sitios en la propia isla donde se conservaban restos de los Santos (fundadores nativos o traídos de fuera), reliquias en forma de objetos y, en general, lugares que se presentaban ideológicamente como «otra Roma» u «otro Jerusalen», así que podía haber una forma de peregrinación vicaria a estos sitios.

La peregrinación vicaria es la emprendida por alguien a cuenta de otro, o la que lleva a un lugar que es sustituto o representante del lugar principal al que se peregrina.

Existe la palabra irlandesa ailithir, que se traduce como «peregrino», y el sustantivo ailithre, «peregrinación» (v. https://dil.ie/1031 y ss.) pero también como «exilio voluntario». Y existió un tipo de peregrinación peculiar, que aparece repetidamente en los Anales irlandeses, vinculada con reyes y personas ilustres, tanto hombres como mujeres. Se trataba de un retiro voluntario del mundo, de una toma de refugio acogiéndose a sagrado.

Esta es una pequeña muestra extraída de los Anales:

  1. (AFM* 1100) Cumeadha Ua Laeghacháin, jefe principal del Sil-Ronáin, ornamento y gloria de los hombres de Tethba, y de todos los Uí Neill del sur, murió a una avanzada edad y después de un peregrinaje, (iar n-oilithre) en la casa de Mac Cuinn na mBocht, en Clonmacnois.
  2. (AU* 1103) Murchad Úa Flaithecán, superior de Ard Bó, eminente en sabiduria, honor y enseñanza, feliciter obiit («murió felizmente») en su perigrinatio, es decir, en Ard Macha.
  3. (AU 1118) Ruaidrí Úa Conchobuir, rey de Connacht por largo tiempo, murió en peregrinación veintiséis años después de haber sido cegado.
  4. (AU 1186) Derbhorgall, la hija de Murchaidh Uí Maeil Sechlainn, fue a Drochaid Atha (Mellifont) en su peregrinaje. (AU 1193) Derbhorgall, la hija de Murchaidh Uí Maeil S’echlainn, murió en el monasterio de Drochaid Atha.

El último ejemplo no lo he puesto solo porque mencione a una mujer (Der Forghall la irlandesa, no la escocesa que ya presentamos aquí) sino porque la dama fue nada menos que priora de las canónigas de Clonmacnois y, como vemos, y no sabemos por qué, se cambió de monasterio, marchando en ailithre a Mellifont (1186), donde murió siete años después.

Bueno, sí que sabemos algo: ir en peregrinación significaba retirarse o ir a morirse a un lugar santo, a poder ser «en paz». Y también sabemos que Mellifont fue la primera construcción románica de estilo Cisterciense que hubo en Irlanda, de la que quedan algunos restos.

Lavatorio. Mellifont, De Brholden – Trabajo propio, Dominio público. https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2167037

Así que reyes y personajes de la nobleza o de la Iglesia, acudían a los monasterios en una última instancia, ya cercana a la muerte (como el enfermo Cumedha Ua Laeghacháin), cuando deseaban ser enterrados en compañía de los santos fundadores del sitio y de las reliquias asociadas a ellos, que allí se conservaban.

Otros, como Ruaidrí Úa Conchobuir en 1118, habían sido reyes depuestos. En el caso de éste desgraciado Ruari, depuesto en circunstancias asquerosas, pues los mismos Anales nos informan que lo fue depuesto «a traición» y cegado, y que el usurpador contó con ayuda de los hijos de leche del propio Ruari.

También se llamaba con el nombre de ailither a quien escogía un exilio voluntario, pues en otros contextos (no muerte, no religión) esa palabra tiene el sentido de «extranjero», pero no con significado étnico, sino en el de alguien que abandona por un periodo muy largo, o definitivo, su territorio familiar de residencia.

Recordemos que según las leyes nativas, eso implicaba perder ciertos derechos básicos.

En Irlanda, el poder de los monasterios -pese a las distintas contingencias por las que atravesó la iglesia desde el s. VI al XII- era más estable que el de los reyes, que dependían de una enrevesada madeja de alianzas clientelares para mantenerse y que, encima, al no ser hereditario su oficio, no tenían ni la confianza «familiar» ni tampoco las fuentes de riqueza que poseía el rey o el señor feudal clásico.

Esto, según Jennifer Ní Ghrádaigh, autora de un estupendo artículo que se publicó en la revista española Románico, implicaba que los riesgos de ser rey en Irlanda era lo que empujaba a estos monarcas a mantenerse cerca del poder de los monasterios.

Pero tampoco la estabilidad de estos lugares fomentó la aparición e implantación del estilo «extranjero» Románico en la isla. Seguir leyendo

Historia de amor y cuernos (2)


«Tejerina», una novilla «odar» de raza tudanca. (Fuente foto: https://www.valledebedoya.com/Bedoya/vacas2/pages/Tejerina.htm).

Vellum, tinta y… seis manos

Con este capítulo, llegamos a la segunda entrega de la serie de amor y cuernos.

El Táin Bó Cuailnge es la pieza literaria más famosa y extensa de las literatura medieval de Irlanda, que son unas pocas… La redacción más antigua del Táin se encuentra en el Lebar na hUidre, el Libro de la Vaca Parda, datado a principios del s. XII.

El nombre del Lebar na hUidre hace referencia al color marrón grisáceo de una novilla parecida a la de la foto, que es un ejemplar de raza tudanca del Valle de Bedoya, en Cantabria. Los tudancos suelen tener esa capa gris amarronada tan bonita, que muchos pierden al alcanzar la madurez, cuando se vuelven de un pardo rojizo, aunque algunos conservan una capa más grisácea (y los llaman «tasugos», es decir, tejones). No estoy segura de que «odar» (genitivo uidre) señale solamente un matiz de color. La verdad es que me parece rara la existencia del vocablo «utrero/a», que se aplica en nuestra lengua, procedente de la jerga ganadera de bravo, a los novillos que tienen poco más de tres años, aunque no dice de qué capa sean. El Diccionario de Autoridades de 1739 recoge el vocablo de Nebrija, y le da una etimología latina, basada en «tres»… vaya… tres

Según la leyenda irlandesa, una maravillosa novilla «odar» facilitó el vellum con el que se escribió todo el libro, de ahí su nombre. Según otros, solo se utilizó para las cubiertas del volumen. Parece ser que una de novillo/a que estaba en Clonmacnois era una reliquia que se empleaba para otras cosas. El caso es que la leyenda general sobre el volumen dice que esa res era propiedad del fundador del monasterio, San Ciarán, y que la leche producida por el animal habría alimentado a toda la comunidad monástica primero y luego, su piel tuvo tan importante función en la narrativa y la lengua irlandesa…

Aunque en la Edad Media se usaba también piel de cabra o de cordero (siempre que estuviese bien refinada y preparada para la escritura), el vellum es piel de ternero menor de cuatro años, precisamente. Al contrario que la vitela, que se obtenía de animales nacidos muertos, el vellum era más áspero, pero mucho más barato y duradero para los escritos «de trabajo», o sea los que no eran para ser exhibidos, como los maravillosos evangeliarios cuyo ejemplo es el Libro de Kells.

El Libro de la Vaca Parda (LU) tiene intenciones de libro de consulta y es una compilación, es decir un repertorio o agrupación de textos distintos en un solo volumen. Era el formato favorito de los escritorios monásticos irlandeses, pues ahorraba material, ya que muchos relatos eran largos, como es el caso del Táin. El otro «gran libro» de la Irlanda medieval, el Libro de Léinster, es también una compilación (ya de la 2ª mitad del s. XII) y contiene, entre otros textos, la segunda versión del Táin, aún más extensa que la primera.

Fragmento de «Dinda na Tána» o «Los lugares del Táin» (RIA ms. 23 E 25).

LU se escribió a doble columna, lo cual indica el objetivo de ahorrar espacio. Contiene cuentos épicos de los Ciclos tradicionales (Ulster y Reyes); textos pseudohistóricos y algún material religioso. Todo en lengua irlandesa, aunque existen palabras o frases breves en latín.

LU muestra la asombrosa la variedad de recursos que los escribas empleaban para que sus textos fueran legibles, a la vez que «inventaban» cómo escribir en una lengua que solo hacía pocos siglos que se escribía en extenso. Por ejemplo, inventaron las abreviaturas que todavía hoy se usan en el gaélico. Arriba, se puede ver una imagen de las dos columnas de uno de los episodios de apertura del Táin, una lista de nombres de lugar. Cada línea empieza con la consonante «F»: es la abreviatura que inventaron para for (la preposición locativa «por/para» en irlandés, con sentido de dirección hacia) seguida del nombre del sitio por el que avanza la tropa.

Por cierto: de momento ha sido imposible recomponer sobre el paisaje irlandés actual semejante ruta, les digan lo que les digan a los turistas modernos. Los problemas de hacerlo son inabarcables, entre otros, consultar cartografía histórica, no solamente tradiciones toponímicas recogidas en la literatura medieval, desde el s. XII al XIX, además de recorrer a pinrel las cuatro o cinco posibilidades de ruta existentes y comparar con posibles cambios en el paisaje que no hayan sido recogidos en los mapas… Algo similar a la «ruta de D. Quijote», ¿cómo poner sobre el terreno una elucubración secular sobre el desplazamiento de unos personajes imaginarios?

En cuanto a lo escrito en el volumen, han pasado muchos años desde que en 1912 el erudito R. I. Best publicase Notes on the script of Lebor na hUidre, donde identificó las manos o autores del manuscrito LU, aparte de la que se creía propia del escriba principal, Máel Muire mac Célechar, magister scriptorium de Clonmacnois hasta su muerte en 1106. Tradicionalmente se les nombra A (Anónimo) y H (interpolador, porque escribió unas Homilías en el volumen) y M que es Máel Muire mac Célechar.

Un «interpolador» es quien escribe comentarios secundarios a lo que ha escrito otro. En la 3ª línea del fragmento de la imagen hay una interpolación, que se aprecia por el color diferente de la tinta y por la letra, que no es la de la mano principal, sino la de H. Lo divertido es que ese H debía de ser… un pulpo. Y es que, gracias al desarrollo de la (micro)fotografía y de la investigación paleográfica sobre el texto, actualmente se cree que H puede ser la mano de seis personas diferentes, en distintos momentos históricos.

Una de ellas pudo ser la de Siagráid Ó Cuirnín, un historiador del s. XIV que retocó partes del Táin y atribuyó el volumen entero a Mac Célechar, en una famosa jaculatoria incluida en un margen del libro. La parte buena es que H intervino poco en este relato: algún comentario o palabra al margen o encima de los renglones de otros, y poco más. Pero en otros textos del volumen, el escriba truhán llegó a raspar lo escrito anteriormente y a escribir encima sus propios comentarios o textos. Esto se llama escribir in rasura, un apaño demasiado obvio, que se hacía en todos los escritorios de Europa hasta la invención de la imprenta. Sí, para aprovechar el material.

De todos modos, como el ejemplar existente de LU está incompleto, pudiera ser que el manuscrito original tuviera más autores todavía. Porque LU estuvo perdido bastantes años, aunque existen rastros de sus escondrijos por fuentes secundarias. Y es que, aparte de «quiénes» lo escribieron y de cuáles fueron las fuentes de su contenido, otro misterio intrigante del libro es quiénes lo poseyeron… ¡desde mediados del XII hasta finales del s. XIX! que fue cuando se entregó a la Real Academia Irlandesa, donde hoy se conserva. Era un libro codiciado, precisamente porque los irlandeses medievales consideraban histórico todo lo que relata (por ejemplo, en el Táin) y su posesión era un lujo que, desde la decadencia de Clonmacnois, solo podían permitirse filidh de alto rango que trabajaran para señores de mayor rango todavía.

Gracias a la existencia de Anales, de noticias escritas directas y de otras fuentes indirectas, es posible rastrear parte de la peripecia del Libro de la Vaca Parda. Lo que empieza a saberse, tiene detalles que parecen una novela de aventuras. Por ejemplo: que el volumen debió de dar unos cuantos tropezones por el Oeste de Irlanda después del desmantelamiento de Clonmacnois y de la extinción de la familia de Mac Célechar, a finales del s. XII. Pero en el s. XIV empezó a estar asociado no con Connacht, sino con Donegal, en el Noroeste.

Antes de 1359 se sabe que el volumen ya estaba en ese territorio, en posesión de un «doctor poeta» (ollamh) de los Ó Donnell. En 1470 éstos atacaron y se llevaron del castillo de Ó Conor de Sligo (Connacht) éste ejemplar y otro llamado «El Libro Corto», como rescate por el hijo de un «jefe poeta» que «les pertenecía». Los Ó Donnell se encontraban entonces en plena expansión, gracias a su potencia militar (basada en los aguérridos gallowglass) y a fructíferas relaciones comerciales con España. Tenían como cronistas cortesanos a miembros de la familia Ó Cléirigh, que se habían mudado a Donegal y ejercieron allí como eruditos en materias históricas y poéticas, hasta que las guerras del s. XVII empujaron a emigrar a los últimos de ellos a territorio español en Flandes. Sus crónicas, intervención en Anales, compilaciones y noticias, y alguna nota escrita en el margen de otro libro, nos informan de que el volumen LU fue entregada como rescate a cambio del hijo de un «Doctor en Poesía» de los Ó Donnell, que había sido capturado por el señor de Sligo.

No se sabe bien quién fue el rescatado, pues hay varios candidatos, pero la tradición dice que esta recuperación costó una cantidad exorbitante de ganado: se citan entre cien y ciento cincuenta vacas lecheras como precio del rescate.

Si esto no es una historia de cuernos, ya me diréis.

Toros debajo del agua


Three trumpets from the Dowris hoard. By Jononmac46 -Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Dowris_Hoard_(2).jpg

El hallazgo en el s. XIX de un tesoro arqueológico de la Edad del Bronce en una turbera irlandesa que contenía una impresionante colección de instrumentos musicales, ha proporcionado bonitas sugerencias a los que nos entretenemos con la mitología «celta» de Irlanda. Y a los interesados en la música antigua, una fuente de investigación y de disfrute, al comprobar la capacidad sonora y melódica de tales instrumentos.

Recordemos que en Arqueología, «tesoro» indica una deposición intencionada de objetos, que casi nunca son de metal precioso, aunque haya notorias excepciones.

El «tesoro de Dowris» procede de una turbera que en su momento había sido una laguna, en la comarca más bien pantanosa de Birr (Condado de Offaly). Las turberas de Irlanda no solamente proporcionan cuerpos humanos momificados, sino también tejidos, armas, naves, instrumentos musicales, carreteras y puentes de madera… En fin, el otro mundo.

Se supone que en esa laguna se produjeron a lo largo del tiempo depósitos de objetos con intención ritual. Los instrumentos musicales se han datado en la Edad del Bronce final. Actualmente, el tesoro se encuentra repartido entre el Museo Nacional de Irlanda (Sec. Arqueológica, en Kildare St., Dublín 2) y en el Museo Británico de Londres. 

El hallazgo constaba de hachas de bronce; cuchillos y navajas de trabajo con distintas formas que han ayudado a la datación; puntas de lanza y espadas; un caldero y unas sítulas o pequeños recipientes, y también nada menos que 74 instrumentos musicales de viento e idiófonos.

La mayoría de estos instrumentos eran grandes sonajeros o cascabeles con forma de turmas de toro. En los artículos que estoy consultando en inglés los llaman «crótalos» (crotals) pero la RAE los definiría como cascabeles o sonajeros, pues se trata de idiófonos que suenan al ser sacudidos y no al ser chocados, como los crótalos, que más bien funcionan como castañuelas.

Además de estos gruesos sonajeros había gran número de trompas o cornos metálicos, unos para soplar desde un agujero situado a un lado y otros para hacerlo desde el extremo, por medio de una boquilla sin caña.

Six crotal bells from the hoard in the British Museum. By Jononmac46 -Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=119817921

En el artículo de la Wiki sobre el particular se menciona a mi amada historia de amor y cuernos, el Táin Bó Cúailnge, que cada vez me parece más antiguo. No estoy tan segura de que fuese una cosa de fertilidad lo que se celebraba arrojando a la charca turmas de toro individuales. Pero no es difícil suponer que los sonajeros se tañían de dos en dos… simplemente atándolos a la ropa de alguien que brincara o los agitase para hacerlos sonar.

La parte final de El Táin, con un combate entre los dos toros que «renueva el mundo» y le da nombre de partes del cuerpo de un toro, me sugiere que esa historia viene de muuucho antes de que «celtas» llegaran a Irlanda, con su lengua y todo el aparejo de la Edad del Hierro (poco común en la Arqueología de Irlanda) y de que monjes posteriores (con su cálamo, su latín y lo demás), escribieran el cuento en esa lengua, entre el X y el XII DC.

Porque el Arte a veces sugiere más cosas que la Arqueología, sin decir palabra… La música espeluznante que resulta de la recreación de esos cornos y sonajeros de la Edad del Bronce es más evocadora, porque va directa al cerebro sin pasar por lengua alguna.

Mirando el famoso panel de los toros de la caverna de Lascaux, una tiene la impresión de que quizá la asociación toros-caballos-agua que se ve en el Táin, y precisamente en su epílogo, viene de muy lejos:

Entonces el Pardo empujó a Cuernos Blancos durante un día y una noche, y se metieron en el lago que hay junto a Cruachan. Luego (el Pardo) salió de allí con los lomos, la paletilla y el hígado de su oponente en los cuernos.

En los años 90 ese sonido podía escucharse en unas grabaciones que se activaban al pasar delante de la vitrina en que se exponía este hallazgo, en el Museo de Dublín. Hoy podemos escuchar los cornos de Dowris en una grabación hecha con una recreación técnica y bien estudiada de estos instrumentos arqueológicos.

Pincha y escucha, que dura poco, muchísimo menos que esa historia tan poderosa, el Táin.

 

Avicena en irlandés


Imagen de The Guardian (7/3/2019) en http://www.kavehfarrokh.com. La copia de Avicena en irlandés es la parte que que se ve a la izquierda, tal como se encontró sobre la cubierta del libro de la derecha.

Una de las noticias sorprendentes para los medievalistas en el año 2019 fue que un fragmento de manuscrito medieval, que servía de forro a la cubierta de un libro del s. XVI, no solo era una copia del principal tratado médico de Avicena, el «Canon de la Medicina», sino que la copia estaba escrita en lengua irlandesa.

El libro estaba desde el s. XVI en posesión de una familia británica, que ha permitido que el curioso «forro» sea examinado por especialistas en paleografía de la lengua irlandesa de la Universidad de Cork. Cuando la noticia se publicó, parecía entenderse que el fragmento era una copia en latín; pero un cuidadoso análisis reveló que la mayor parte del escrito estaba en irlandés, lo cual indicaba que en la Edad Media la obra de Avicena también había sido conocida en el mundo gaélico.

Imagen de Ibn Sina en una miniatura árabe (https://images.theconversation.com/)

El sabio persa Ibn Sina (980-1037), conocido como Avicena fuera del mundo islámico, fue uno de los más influyentes en la Europa medieval, sobre todo gracias a las traducciones que se llevaron a cabo de su obra mediante la «Escuela de Traductores de Toledo«, a mediados del s. XII.

Ibn Sina escribió sobre Filosofia, Astronomía, Medicina, Física y otros asuntos, recogiendo en sus fuentes a los grandes sabios grecolatinos y aunándolos, sobre todo en el campo de la Medicina, a los conocimientos que circulaban entre la India e Irán, en el entonces pujante Imperio Samánida.

Los libros de Avicena sobre ciencia médica -el «Canon de la Medicina» y «El Libro de la Sanación»- tuvieron una enorme influencia en la práctica médica y farmacológica europea hasta el s. XVIII.

Su obra también influyó en la Filosofía de la Ciencia, la Metafísica y hasta la Teología de Occidente, a través de su recepción por sabios europeos como Alberto Magno o Guillermo de Ockham.

Ibn Sina fue un sabio singular, pues viajaba a través del territorio Samánida ejerciendo la profesión médica a la vez que escribía los tratados que le dieron fama. En eso, se habría parecido mucho a los «hombres de arte» irlandeses (los áes dána) que vivían bajo la protección de señores de la nobleza y se movían por cualquier territorio de la isla, amparados por leyes tradicionales y ventajas sociales derivadas de su oficio.

Avicena también traspasó fronteras, y no solamente en el sentido real de sus viajes por regiones que, desde la Antigüedad atesoraban grandes concimientos, como su patria, Irán, o la India. Sus obras y sus ideas también traspasaron el tiempo.

Muchas de esas ideas y prácticas del gran Avicena se encuentran entre los principios médicos que sirven de base al conocimiento actual, como por ejemplo la existencia de microorganismos patógenos en el origen de muchas enfermedades; el uso de analgésicos, anestésicos y sustancias anti-inflamatorias, o la práctica de la cuarentena, es decir: el aislamiento de personas enfermas durante periodos de tiempo, para prevenir la transmisión de la enfermedad de unos a otros. Otros descubrimientos y observaciones suyos sentaron los principios de la circulación de la sangre o del funcionamiento del sistema cardio respiratorio. Tampoco le faltaron agudas observaciones sobre Geología, Astronomía y Filosofía de la Ciencia; y además, parece ser que Avicena también compuso poesía.

La obra médica de Avicena no se habría extendido en el mundo occidental de no ser por que a mediados del s. XII, la Escuela de Traductores de Toledo surtió de traducciones latinas de estas obras (y de otras de la Antiguedad griega y romana) a las cortes y universidades europeas, asociadas a la institución episcopal y a las catedrales.

La traducción de Gerardo de Cremona de los dos principales libros de Avicena, es la más conocida y la que llegó hasta el lejano occidente… Aunque aquí hay que contar que alguien la tradujo a un cuarto idioma: el gaélico irlandés.

El conocimiento de las distintas disciplinas se encontraba asociado en Irlanda a los monasterios que sobrevivieron a los grandes cambios de la invasión anglonormanda y, más adelante, a la catastrófica supresión de los monasterios (1530) en los territorios de la Corona Inglesa, y las no menos catastróficas guerras de Cromwell y de la época de la Reina Isabel en la misma Irlanda.

El fragmento de Avicena en irlandés. (Foto en http://www.kavehfarrokh.com).

Hasta ese momento, monasterios y señores de las grandes dinastías gaélicas habían fomentado no solo el conocimiento de materias nativas (la poesía, la historia o la gramática gaélica) sino que habían amparado «ventanas al exterior», como sabemos a través del famoso Libro de Lismore (s. XV), que, además de historias nativas, contenía Historia narrativa del Imperio Carolingio, y también la única versión existente en irlandés de Los Viajes de Marco Polo.

El hecho de que existiera una traducción en lengua irlandesa de una de las grandes obras del medievo europeo, como era el «Canon» de Avicena, hace soñar con el posible número de obras de origen griego o árabe que podrían existir en Irlanda, hasta que el furor anti-católico de los siglos XVI-XVII desbarató los monasterios y eliminó sus bibliotecas.

Eso explicaría el que un bifolio de una copia de Avicena terminara como forro de libros menos importantes…

Por cierto, que el interés por la medicina fue notable entre los médicos irlandeses, conociéndose la práctica médica ligada a ciertas familias (como lo era la erudición histórica, por ej.) y la existencia de obras de tema médico, tanto en latín como en inglés e irlandés, que se usaron hasta el s. XIX por médicos de habla gaélica e inglesa. En esta lista del repertorio CELT se mencionan algunas de ellas.

El fragmento de la copia de Avicena en gaélico ha sido transcrito de forma tentativa por el Prof. Pádraig Ó Macháin (UCC) y se puede ver en este enlace.

Curiosamente, la primera frase que se lee en el fragmento es «…la ciudad llamada Toledo».