Anillo


Frank Stein estaba a punto de besarla cuando el anillo de la turquesa se le escurrió de los dedos y fue a parar a la charca.
El metió inmediatamente la mano en el agua sucia, que había salpicado el nuevo traje blanco de Anabella. Era torpe, pero no tan tonto.
—Dranquila, buñeca, ya lo henKontrado.
El grito que dio Anabella cuando él le puso un sapo en el dedo anular, debió de oírse en Patagonia.
¡Nunca harían buena pareja aquellos dos!
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Vidas Zicutrinas(2): James Gardenflowa


Nacido en Illishquinton, Massachussets, en 1934, James G. Macalister pasó toda la Secundaria tomando notas en un cuadernillo que no le sirvió para aprobar. Convencido de que era un gran escritor, rellenó cuarenta cuadernillos similares con mendrugueces, que después intentaba publicar en los diarios del condado de Piedmont.

Cuando finalmente el “Mennosquenobee Herald” le publicó un cuentecillo titulado “Raros pájaros”, James sintió que se abría el arcano de la poesía para él. Escogió su segundo apellido como nom de plume (o como se escriba en francés) y preparó su primera novela bajo los auspicios del entonces director del Instituto Hardening Para Zicutrinos, Harold Peff.

La novela “Sol de caracoles” fue un éxito en el condado. Las señoritas con gafas de pasta le arrojaban sus prendas íntimas al verlo pasar camino del café, costumbre que James heredó de su padre (lo de ir al café, no que las damas le tirasen las bragas). Gracias a la novela, se comió varios roscos y amasó una pequeña fortuna, que dilapidaría después, al trasladarse a un Estado cercano al gaseoso.

Se especializó en novela negra del género hardboiled, enhebrando doce éxitos sin piedad para la editorial What’s the flu? de Oregon. Estaban protagonizados por el patoso detective Mike “Gal” Galitzianer, que casi siempre estaba a punto de ser asesinado por los malos del relato, pero en el último momento, lo rescataba una mujer con la que Mike mantenía una relación aparatosamente sexual en las últimas cinco o seis páginas de cada relato.

Influenciado por la opinión de los periodistas de que sus novelas eran simples pretextos para relatos pornográficos, Gardenflowa cambió de registro y publicó “El oro de WhiteWater”, una novela histórica ambientada en la conquista española de California. Rodrigo, el protagonista, mantenía un idilio con Pocoshunta, una nativa de Las Vegas. En las últimas tres páginas de la novela, el idilio era de todo menos platónico. Este final explosivo provocó un auténtico brote de delirio en la costa oeste de EEUU, donde los caballeros también le arrojaban a Gardenflowa sus prendas íntimas.

En los 60 la estela de Gardenflowa empezó a decaer, a pesar de que dos de sus obras habían sido trasladadas al cine. Una de ellas “Grabados para la lluvia” (1965), protagonizada por Lana D’Ovelles, contaba la investigación que el detective inspector Hardpin llevaba a cabo para esclarecer el asesinato de un mafioso en casa de la prima del Juez del imaginario condado de Chessandpike. Hardpin iniciaba un inequívoco avance romántico hacia su ayudante Willy Foilesome en los últimos cinco minutos del filme, por lo que fue muy criticada dentro de la sociedad puritana estadounidense, pues Willy estaba interpretado por un actor afroamericano.

Gardenflowa pulió su fortuna y los miles de dólares obtenidos por las películas en un tren continuo de francachelas y dispendios en Las Vegas. Sin renunciar a su sueño de ganar el premio Nobel de Literatura, siguió publicando noveloides bajo distintas editoriales. La única que merece la pena es “Noche y Resaca” (When I finally found my way), en cuya última página el protagonista -un avejentado Mike “Gal”- mantiene una impetuosa relación sexual con un limón, una vez resuelto el caso del asesinato de un acaudalado heredero de Texas.

En la tumba de Gardenflowa, en el discreto camposanto de Chessandpike, siempre suelen encontrarse prendas íntimas (limpias) tanto femeninas como masculinas, e incluso los restos de algún vermut o gintonic, en forma de hueso de aceituna o cáscara de limón.

La rubia no estaba en el original


Sacudió el periódico, en cuya primera página ya estaba la noticia del día: “Tiroteo en el Two Reds. Conner el Gordo acribillado por los Donn Dixies”.

El sargento Flynn le había contado una hora antes algo extraño. “Para su periodicucho de sucesos, Coleman”, le dijo, guasón. Un tipo había aparecido en el fondo del río, con una piedra al cuello. Las huellas, aunque reblandecidas por el tiempo que llevaba en el agua, eran sin duda las del propio Conner.

Coleman apuró el cigarrillo. Había visto con sus propios ojos arder el Ford Crestline del 54 del mafioso, y estaba seguro de que los bomberos sacaron dos cuerpos carbonizados del interior: un hombre y una mujer.

—Vaya puta manera de morir, Conner —sonrió—. Siempre fuiste un bromista. ¡Bah! Al menos, te llevaste puesta a esa rubia que tanto te gustaba, cabrón.

Y plegó el periódico debajo del brazo.

Gato, manzana, frío


La manzana estaba tan fría que los dedos se me quedaron helados. De repente, no tenía ganas de darle ni un bocadito.

—Anda, cómetela tú.

—Pero mujer, ¿vas a despreciarla? El vendedor ha sido tan atento… Nos ha dicho que es la última que le queda del árbol ese tan especial, ¡y nos la ha dejado a un precio bajísimo! ¿Ni siquiera vas a probarla?

Dejé a Adán mirando a la manzana con los mismos ojos que cuando me miraba a mí bañarme en el lago Azul. Le dio dos, cuatro, ocho mordiscos a la fruta y hasta escupió los diminutos granitos de semilla. Me entretuve jugueteando con un animalillo con bigotes y cola rayada, gato creo que se llama.

Ya sé que la historia os la han contado de otra manera, pero ¿a quién vais a creer, a ése bicharraco verde en forma de serpiente o a mí?

Seda


El maestro Levallois, el sastre mulato, acercó el frasquito a la nariz y aspiró la esencia inconfundible de la camelia con toques de guayaba del raro perfume.

El aroma va directamente al cerebro, le había explicado el joven doctor Klause, por eso nos produce sensaciones tan vívidas.

El maestro Levallois entrecerró los ojos. Un ligero, pero punzante olor a libros y a seda de corbatín quedaba -como un rastro de pasión tardía- en aquel perfume que el doctor había dejado, como por olvido, en el bolsillo de la chaqueta que le mandó a arreglar.

Cada cosa en su sitio


Bueno, creo que ya está todo: los nuevos colores del blog, el menú de cabecera que ha cambiado un poquito y cada cosa está en su sitio.

Los nuevos microrrelatos y “relatoides” con humor y absurdia, en su sitio también (pinchar en “relatos breves”)… uf.

Me voy a escribir algo que entrará en El Horno de cocer escritos dentro de un tiempo, cuando pueda decir que tengo todo un capítulo. De momento solo son cosas sueltas que están en un proyecto de Scrivener.

Hablaremos de ello otro día.

Siglo XVII


foto by Carmina27. Pixabay

¡Ay! Me duele el cuello si lo hago en la silla de anea. Me duelen las rodillas si pongo una pierna encima de la almohada y la otra en el asiento. Se me duermen los brazos si lo sostengo un palmo por encima de mi cara. Así no puedo hacerlo, que no Miguel, déjalo ya.

¡Así no hay quien lea este libro tan gordo! Me siento como un caracol trepando por un muro de cemento con este “Don Quijote de la Mancha”, ¿no podías haber escrito algo más cortito?