El milagro de las palabras floridas


Listas para… cuando llueve

Año de Cristo de 898.

La Abadesa Aiche decidió que todas las monjas de Clonmacnois aprendieran latín, porque era una merma que los varones del monasterio supieran hablar lenguas y ellas tuvieran que manejarse con el vernáculo. Se puso sus mejores galas monásticas —el pañolón blanco a la cabeza, la túnica de lana y el capote azul con rayas grises, sujeto con un broche simple, redondo que no era precisamente una imitación hecha por latoneros— y marchó a arengar a las nobles señoras.

Como no tenían escuela, les dijo, las lecciones se darían en la casa del comedor, una vez limpia después de cada colación. Iba a venir como maestro un primo segundo suyo, que se había criado en casa del obispo de Lugmod y que tenía estudios de toda clase de gramáticas, agregó satisfecha de su buena voluntad.

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Hogar


 

Este primer post de mi “curso” foto-bloguero #developingyoureye tiene como tema “Home”, o sea, hogar.

¿Qué significa “hogar” para mi?

Justamente, hace pocos meses que me cambié de casa. Llevaba diecisiete años en un dúplex que llamaba mi hogar, pero que, por motivos de salud (de mis cercanos y de mí) dejó de ser accesible y tuve que buscar algo sin tantas escaleras.

Pero cuando la encontré y empecé a trasladarme, aparecieron “vicios ocultos” en diferentes elementos que han requerido (y van a requerir) martillazos, polvo, mucho trasteo de interioridades y pintura… Es decir: en este momento para mí, “home” es “a nuisance”, una molestia.

Como lo que ocupa mi mente en este momento respecto a mi nuevo hogar es un punto concreto, ahí va este experimento obsesivo sobre dicho punto. Un pequeño collage alterando colores y aspectos, a la vez que juego con algunas posibilidades de la cámara del móvil y de la galería de WordPress.

 

 

Anillo


Frank Stein estaba a punto de besarla cuando el anillo de la turquesa se le escurrió de los dedos y fue a parar a la charca.
El metió inmediatamente la mano en el agua sucia, que había salpicado el nuevo traje blanco de Anabella. Era torpe, pero no tan tonto.
—Dranquila, buñeca, ya lo henKontrado.
El grito que dio Anabella cuando él le puso un sapo en el dedo anular, debió de oírse en Patagonia.
¡Nunca harían buena pareja aquellos dos!

Vidas Zicutrinas(2): James Gardenflowa


Nacido en Illishquinton, Massachussets, en 1934, James G. Macalister pasó toda la Secundaria tomando notas en un cuadernillo que no le sirvió para aprobar. Convencido de que era un gran escritor, rellenó cuarenta cuadernillos similares con mendrugueces, que después intentaba publicar en los diarios del condado de Piedmont.

Cuando finalmente el “Mennosquenobee Herald” le publicó un cuentecillo titulado “Raros pájaros”, James sintió que se abría el arcano de la poesía para él. Escogió su segundo apellido como nom de plume (o como se escriba en francés) y preparó su primera novela bajo los auspicios del entonces director del Instituto Hardening Para Zicutrinos, Harold Peff.

La novela “Sol de caracoles” fue un éxito en el condado. Las señoritas con gafas de pasta le arrojaban sus prendas íntimas al verlo pasar camino del café, costumbre que James heredó de su padre (lo de ir al café, no que las damas le tirasen las bragas). Gracias a la novela, se comió varios roscos y amasó una pequeña fortuna, que dilapidaría después, al trasladarse a un Estado cercano al gaseoso.

Se especializó en novela negra del género hardboiled, enhebrando doce éxitos sin piedad para la editorial What’s the flu? de Oregon. Estaban protagonizados por el patoso detective Mike “Gal” Galitzianer, que casi siempre estaba a punto de ser asesinado por los malos del relato, pero en el último momento, lo rescataba una mujer con la que Mike mantenía una relación aparatosamente sexual en las últimas cinco o seis páginas de cada relato.

Influenciado por la opinión de los periodistas de que sus novelas eran simples pretextos para relatos pornográficos, Gardenflowa cambió de registro y publicó “El oro de WhiteWater”, una novela histórica ambientada en la conquista española de California. Rodrigo, el protagonista, mantenía un idilio con Pocoshunta, una nativa de Las Vegas. En las últimas tres páginas de la novela, el idilio era de todo menos platónico. Este final explosivo provocó un auténtico brote de delirio en la costa oeste de EEUU, donde los caballeros también le arrojaban a Gardenflowa sus prendas íntimas.

En los 60 la estela de Gardenflowa empezó a decaer, a pesar de que dos de sus obras habían sido trasladadas al cine. Una de ellas “Grabados para la lluvia” (1965), protagonizada por Lana D’Ovelles, contaba la investigación que el detective inspector Hardpin llevaba a cabo para esclarecer el asesinato de un mafioso en casa de la prima del Juez del imaginario condado de Chessandpike. Hardpin iniciaba un inequívoco avance romántico hacia su ayudante Willy Foilesome en los últimos cinco minutos del filme, por lo que fue muy criticada dentro de la sociedad puritana estadounidense, pues Willy estaba interpretado por un actor afroamericano.

Gardenflowa pulió su fortuna y los miles de dólares obtenidos por las películas en un tren continuo de francachelas y dispendios en Las Vegas. Sin renunciar a su sueño de ganar el premio Nobel de Literatura, siguió publicando noveloides bajo distintas editoriales. La única que merece la pena es “Noche y Resaca” (When I finally found my way), en cuya última página el protagonista -un avejentado Mike “Gal”- mantiene una impetuosa relación sexual con un limón, una vez resuelto el caso del asesinato de un acaudalado heredero de Texas.

En la tumba de Gardenflowa, en el discreto camposanto de Chessandpike, siempre suelen encontrarse prendas íntimas (limpias) tanto femeninas como masculinas, e incluso los restos de algún vermut o gintonic, en forma de hueso de aceituna o cáscara de limón.