San Miguel de Escalada


Escalada. Exterior (foto Mujerárbol)

Esta entrada es la última que le dedico al prerrománico maravilloso que vimos en la excursión con Cultur-Viajes por las tierras del viejo Reino Leonés.

S. Miguel fue uno de los varios monasterios que rodeaban la villa real de Alfonso III el Magno en León. La presencia real más al sur animó a monjes huidos de Córdoba a fundar allí este enclave, uno de los pocos que quedan de ese momento inicial del que ahora se llama “arte de la repoblación” en vez de “mozárabe”. El edificio se consagró en el año 912 y en la ceremonia estuvo presente el afamado eremita berciano Genadio, obispo de Astorga.

La delicadeza de las superficies de las columnas reutilizadas, la de la mayoría de los capiteles, el ritmo de los arcos, el de las suaves ondas grabadas en los altares, me maravillaron. Es verdad que algunos capiteles parecen más toscos (no son coetáneos), pero la manufactura general y además el orden que reina en las naves, hacen del interior un sitio maravilloso.

Sin embargo, lo que nos contaron acerca de las modificaciones de la altura del edificio original y su decadencia hasta la restauración de finales del XIX me dinujeron a escribir en mi libro de notas una cosa trágica, que luego mostraré.

La restauración dejó un edificio con notables diferencias entre exterior e interior. Quedó muy bien explicada la función del pórtico con esa delicada arquería tan famosa: uso funerario y lugar de acogida de los “excomulgados”, que no podían entrar al templo en los momentos rituales, mientras cumplían penitencia. La galería concuerda con la orientación de las tres naves del templo, aunque no acabo de entender si ya existía en el momento mozárabe (o como queramos llamarlo, según gustos ideológicos) y, entonces, se trata de un precedente de los que existieron luego en edificios plenamente románicos.

El que le hayan agregado ese cuerpo románico-tocho que se ve en todas las fotos, no concuerda con el “aire” delicado y elegante que en su momento debió de tener el conjunto. La función del agregado -actualmente convertido en proyecto museístico- no me quedó muy clara, aunque en su interior se hallan tumbas de distintas épocas, que indican que tal uso existió. Al haberse perdido partes del monasterio bajomedieval, el conjunto queda un poco caótico. Así sucede con la altura actual del edificio.

Celosía visigoda
Escalada: alturas discordantes y celosía “asturianizante”.

A la vista de que los modillones (de rollos) quedan fuera de la linea del tejado en algunos sitios, y a la vista del efecto de “corte” que el tejado ha hecho sobre el alfiz de los elegantes arcos del pórtico, esa parte de la restauración decimonónica… fue un churro.

Modillón (foto grupo Cultur-Viajes)

Distintos detalles del interior también indican desacierto, aunque el interior sigue siendo tan, pero tan elegante, que uno se olvida.

Fontaine señala que tal elegancia se encuentra en los pequeños ajustes que dotan a la planta basilical de gran armonía, como el hecho de que el arco central del transepto sea más estrecho que los dos que le acompañan. Eso divide en dos mitades equilibradas todo el espacio, siendo las dos naves laterales también más estrechas que la central.

mozárabe, Escalada, León
Naves (https://www.glosarioarquitectonico.com/)

Se conservan in situ parte de las cancelas que cerraban el presbiterio a la hora de la consagración. Esa parte tan peculiar del ritual hispanovisigodo dejó de muestra este elemento, siempre con una decoración maravillosa, abstracta y delicadamente abigarrada que -aunque sea en piedra tosca, como la que vi hace dos años en Sta. Cristina de Lena– evoca una cortina de suave tejido.

Por cierto que el cerramiento ritual de la cabecera se realizaría materialmente por medio de cortinajes, sujetos a bastidores, de los que al parecer han quedado restos en algún sitio. Esto me lleva a pensar en “el iconostasio” de la Damliag y su posible estructura de madera… pero bueno, ese es un asunto demasiado lejano.

Más cercana me quedó la sensación de que los edificios del monasterio, hasta la Desamortización y a lo largo del siglo XIX y XX, a través de los tiempos y de los cambios de ritual, sufrió tanto como la libertad y la igualdad de los ciudadanitos del país de solysombra donde habitamos.

Durante el trayecto hasta Escalada, me iba fijando en el destrozo que la procesionaria del pino había hecho en TODOS los montes del camino (se ve parcialmente en la foto de los modillones), asesinando árboles grandes y plantones pequeños, lo cual me dejó un regusto triste del encuentro con San Miguel de Escalada.

Por eso, escribí aquel dia en mi “diario” ful de viaje:

España y sus demoños fritos: los españoles.

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Delicia visigoda (o así)


 

S. Pedro de la Nave

Lamento haber hecho el turista con San Pedro de la Nave, es decir, haberme puesto a tirar fotos telefoneras sin atender mejor a las explicaciones, hasta que nos tuvimos que salir al exterior por motivos ajenos a la organización del viaje. Traiciones de la tecnología.

Porque es un templo notable, al que hay que volver, en silencio y con tiempo, a poder ser. Una delicia verdaderamente antigua dentro del Prerrománico Hispánico (o Ibérico), a pesar de que la cronología haya cambiado, según dicen, de acuerdo con la historiografía dominante de cada momento.

Pinchar en la imagen para agrandar

El edificio, que se encontraba en otra parte y asaz deteriorado, y fue trasladado a su emplazamiento actual en 1932. Pueden ver fotos de su ser/estar anterior a los años treinta en este monográfico que le dedicó en su blog Ermitiella, la arqueóloga Consuelo Escribano.

Sin embargo, lo determinante de que hoy tengamos un edificio con cierto orden fue el buen criterio de D. Juan Gómez Moreno, que hizo una reconstrucción sincera de sus elementos, dejando un conjunto con intervenciones que respetan la estética y organización del edificio, aunque no sea del todo la “original”, sino la que nos da una mejor idea de lo que pudo ser en su momento.

A tales intervenciones, se ha unido lo hecho recientemente por la Fundación Sta. María la Real y por el proyecto de colaboración denominado “Plan Románico Atlántico”, que se concretan en la colocación de los imprescindibles sensores para monitorizar el estado del edificio, la instalación de luces eléctricas de bajo consumo en el templo, la adecuación del acceso al aparcamiento y el jardincillo alrededor (agradable) además del muro de acero cortén, que acompaña los desniveles del terreno que rodea al edificio, y que sirven como pasillo hasta él.

Las letras horadadas en el acero, con su ritmo repetitivo, creo que son acordes con la intención decorativa del muro y recogen inscripciones relativas al edificio, especialmente la epigrafía de su “extraño” horologio.

Planta de S. Pedro de la Nave.

Las fechas del edificio son discutidas. Gomez Moreno las da como del VII apoyándose en el tipo gráfico de los capiteles historiados y en el origen de la piedra utilizada, así como en la documentación relativa al templo. Excavaciones recientes y análisis de materiales de los que da cuenta Emitiella, la situan ya en el s. X desmintiendo su origen visigótico. Sea como sea, S. Pedro de la Nave sigue siendo un pequeño y delicioso misterio al que no sé como, tendré que volver.

También es discutido si el programa iconográfico se debe al mismo momento (durante la construcción) o si hay partes que se ejecutaron después de las reparaciones que se llevarían a cabo poco después. Jacques Fontaine, en el capítulo dedicado al edificio en el vol. “Prerrománico” (8º de la serie España Románica, de Zodiaque, ed. 1982) cree que todo el programa es coetáneo a la construcción, y que se puede advertir al menos la mano de dos maestros, uno más “primitivo” dentro de la tradición hispanovisigoda y otro con delicados apuntes de “protorrománico” en sus ejecuciones.

La planta, tal como aparece en el volumen de Zodiaque, es un extraño compromiso o interferencia, entre una planta basilical y una de cruz griega. A pesar de la complejidad de tal

Les dejo una pequeña galería de fotos “de guerra” hechas durante la visita, a las que he añadido algunas de otro autor, compartidas via el grupo participante en la excursión de Cultur-Viajes. Pinchen en cada imagen para ver mejor los detalles.

GALERÍA

 

 

 

 

 

Moreruela


La primera vez que tuve contacto con el monasterio cisterciense de Moreruela, no pude verlo.

El motivo fue que era ya tarde, en invierno, y enseguida se nos echó la noche. No existía aún el centro de interpretación-acogida a la visita cultural que hay ahora y el espacio donde hoy está el aparcamiento era un herbazal lleno de escombro. Veníamos caminando en grupo desde algún lugar intermedio entre las lagunas de Villafáfila y el sitio, y nos guiaba la memoria visual de un peregrino que había recorrido la zona varios años antes.

Hacía un frío que pelaba y llevábamos al menos dos niños pequeños. No sé qué año era, pero desde luego antes del 2003, porque las fotos de aquella excursión (solo conservo dos y no corresponden a Moreruela) llevan fecha de enero de 2003… y sospecho que ese fue el año en que las subí a Google, no el que las tomé.

Me causó impresión la belleza de la silueta de unos absides descarnados sobre el fondo de las estrellas, bajo la helada, y el escuchar a la lechuza que señaló varias veces el fin de la excursión. Volvimos a pie, con linternas, hasta la carretera y nos recogieron los amigos que no habían querido venir.

Es decir: han pasado al menos diecisiete años. Aquellos niños serán hoy unos mozucos llenos de vigor y con toda la vida por delante, pero no sé donde estarán.Leer más »

Un antiguo reino


En rosa palustre
De William Robert Shepherd – Este archivo deriva de: España910.jpg, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=70791373

He pasado los últimos cuatro días (del jueves al domingo electoral) en una ruta guiada por el prerrománico, el románico y otros estilos artísticos que se desarrollaron en el primitivo Reino de León.

El motivo geográfico fue el curso del río Esla (antiguamente “Astura” de lo que deriva su nombre), en torno al cual se articulaban distintos monasterios, ciudades y plazas fuertes, que visitamos o quedaron relacionadas entre sí a lo largo de la visita. El área visitada coincidía con las actuales provincias de León y Zamora. No faltó un homenaje al hermoso paisaje de llanura que ocupa casi íntegramente la zona, las montañas quedaron para otro momento, con unos hermosos colores primaverales.

Organizado por Cultur-Viajes (spin off turístico-cultural de la Fundación Sta. Mª la Real de Patrimonio Histórico) era una oferta que no podía perderme, pues el prerrománico estaría representado por dos templos que tenía ganas de ver desde hacía muchos años: San Miguel de Escalada y San Pedro de la Nave.

Además de la buena comida, inevitable en la zona… ¡qué digo: en toda la Península!, el viaje ha cumplido todas mis expectativas. Cabe agradecérselo al magnífico guía Maximiliano Barrios, que ilustraba con profusión cada detalle de los edificios y de sus circunstancias históricas y, digamos, “políticas”.

Estuvimos en León, visitando el Panteón de los Reyes y la nueva sala museística que contiene manuscritos, entre ellos la Biblia Visigótica-Mozárabe, así como la variada documentación que alcanza la Baja Edad Media y el Renacimiento, contando algunos incunables. El scriptorium que allí existió en torno al siglo XII me recordó en algunos aspectos lo que sé sobre Clonmacnois y el suyo, pero… Pero existió otro, con una semejanza muchísimo mayor, en otra de las escalas del viaje, Tábara.

Lo que quiero aquí es sencillamente dejar un muestrario de las fotografías que tomé durante la excursión, formando una “galería” de las que permite WordPress. Para lo cual he tenido que cambiar… ehm… sí: el tema 🤨.

En entradas posteriores, hablaré de los dos edificios que más me impresionaron: sí, esos dos prerrománicos.

Os recomiendo el viaje, el segundo que hago con esta empresa. En 2017 hice otro al prerrománico asturiano, del que dejé constancia y fotos en estas tres entradas. (Hay un enlace en cada palabra).

 

 

 

Más de monasterios irlandeses


Clonmacnois, cogollito

(Atención: tocho)

He leído hace poco un artículo de Academia.edu acerca del monacato irlandés “de la Edad de Oro” que me ha gustado muchísimo. En primer lugar, porque está en español y el autor -Exequiel Monge Allen, de la NUI Galway (NUIC-IRC) y la Pontificia Universidad Católica de Chile- es hispanohablante.

En segundo lugar, porque este autor rehuye el topico de la “rareza” irlandesa, o al menos, la situa en un contexto muy distinto de la falsa oposición iglesia “céltica”/iglesia “romana”, que en el fondo, es una de esas simplezas para entretenimiento de tontos que rueda hoy día. De hecho, también deplora las ensoñaciones del “celtismo” y las fantasías estrafalarias de Jean Markale y de otros esoterias.

También deplora que muchos estudios sobre este tema hayan salido del ámbito de los “Estudios Célticos” (principalmente filológicos) que, siendo tan especializados, no son nada conocidos en el mundo hipanohablante, ¡qué me va usted a decir!

Para él, la originalidad irlandesa se sitúa en un punto maravilloso y diferente: la estrecha relación entre monasterio y sociedad. De ahí el título del paper: “Hacer del mundo un monasterio”.

Según el autor, los escritos de Columbano muestran el estado del bagaje que un monje peregrino llevaba desde Irlanda al exterior y señala que la influencia decisiva en la obra de este gran fundador y peregrino -además de su inmensa erudición latina y patrística- venía del monasticismo oriental, via Juan Casiano, y que sus reglas recogen algunos aspectos de los padres del desierto. La primera parte del artículo se dedica a señalar los principales puntos teológicos de esta influencia, tal como se reflejan en la obra de Columbano. Así, llega a la conclusión de que para el gran peregrino irlandés (peregrino pro Christi)

el ascetismo no era un fin en sí mismo sino “un entrenamiento que capacita al individuo dándole la puritas mentis, “pureza de corazón” (…) necesaria para afrontar el árduo camino de la vida mortal hacia la contemplación beatífica de Dios (…), a la cual el monje aspira, tanto dentro del tiempo como fuera de él.

… conforme con los consejos de Juan Casiano.

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