El milagro de las palabras floridas


Listas para… cuando llueve

Año de Cristo de 898.

La Abadesa Aiche decidió que todas las monjas de Clonmacnois aprendieran latín, porque era una merma que los varones del monasterio supieran hablar lenguas y ellas tuvieran que manejarse con el vernáculo. Se puso sus mejores galas monásticas —el pañolón blanco a la cabeza, la túnica de lana y el capote azul con rayas grises, sujeto con un broche simple, redondo que no era precisamente una imitación hecha por latoneros— y marchó a arengar a las nobles señoras.

Como no tenían escuela, les dijo, las lecciones se darían en la casa del comedor, una vez limpia después de cada colación. Iba a venir como maestro un primo segundo suyo, que se había criado en casa del obispo de Lugmod y que tenía estudios de toda clase de gramáticas, agregó satisfecha de su buena voluntad.

Sigue leyendo “El milagro de las palabras floridas”

Anuncios

Vidas Zicutrinas(2): James Gardenflowa


Nacido en Illishquinton, Massachussets, en 1934, James G. Macalister pasó toda la Secundaria tomando notas en un cuadernillo que no le sirvió para aprobar. Convencido de que era un gran escritor, rellenó cuarenta cuadernillos similares con mendrugueces, que después intentaba publicar en los diarios del condado de Piedmont.

Cuando finalmente el “Mennosquenobee Herald” le publicó un cuentecillo titulado “Raros pájaros”, James sintió que se abría el arcano de la poesía para él. Escogió su segundo apellido como nom de plume (o como se escriba en francés) y preparó su primera novela bajo los auspicios del entonces director del Instituto Hardening Para Zicutrinos, Harold Peff.

La novela “Sol de caracoles” fue un éxito en el condado. Las señoritas con gafas de pasta le arrojaban sus prendas íntimas al verlo pasar camino del café, costumbre que James heredó de su padre (lo de ir al café, no que las damas le tirasen las bragas). Gracias a la novela, se comió varios roscos y amasó una pequeña fortuna, que dilapidaría después, al trasladarse a un Estado cercano al gaseoso.

Se especializó en novela negra del género hardboiled, enhebrando doce éxitos sin piedad para la editorial What’s the flu? de Oregon. Estaban protagonizados por el patoso detective Mike “Gal” Galitzianer, que casi siempre estaba a punto de ser asesinado por los malos del relato, pero en el último momento, lo rescataba una mujer con la que Mike mantenía una relación aparatosamente sexual en las últimas cinco o seis páginas de cada relato.

Influenciado por la opinión de los periodistas de que sus novelas eran simples pretextos para relatos pornográficos, Gardenflowa cambió de registro y publicó “El oro de WhiteWater”, una novela histórica ambientada en la conquista española de California. Rodrigo, el protagonista, mantenía un idilio con Pocoshunta, una nativa de Las Vegas. En las últimas tres páginas de la novela, el idilio era de todo menos platónico. Este final explosivo provocó un auténtico brote de delirio en la costa oeste de EEUU, donde los caballeros también le arrojaban a Gardenflowa sus prendas íntimas.

En los 60 la estela de Gardenflowa empezó a decaer, a pesar de que dos de sus obras habían sido trasladadas al cine. Una de ellas “Grabados para la lluvia” (1965), protagonizada por Lana D’Ovelles, contaba la investigación que el detective inspector Hardpin llevaba a cabo para esclarecer el asesinato de un mafioso en casa de la prima del Juez del imaginario condado de Chessandpike. Hardpin iniciaba un inequívoco avance romántico hacia su ayudante Willy Foilesome en los últimos cinco minutos del filme, por lo que fue muy criticada dentro de la sociedad puritana estadounidense, pues Willy estaba interpretado por un actor afroamericano.

Gardenflowa pulió su fortuna y los miles de dólares obtenidos por las películas en un tren continuo de francachelas y dispendios en Las Vegas. Sin renunciar a su sueño de ganar el premio Nobel de Literatura, siguió publicando noveloides bajo distintas editoriales. La única que merece la pena es “Noche y Resaca” (When I finally found my way), en cuya última página el protagonista -un avejentado Mike “Gal”- mantiene una impetuosa relación sexual con un limón, una vez resuelto el caso del asesinato de un acaudalado heredero de Texas.

En la tumba de Gardenflowa, en el discreto camposanto de Chessandpike, siempre suelen encontrarse prendas íntimas (limpias) tanto femeninas como masculinas, e incluso los restos de algún vermut o gintonic, en forma de hueso de aceituna o cáscara de limón.

Vidas Zicutrinas: Alejandro Kostiletas


Hijo de un funcionario bizantino encargado de echar sifón en los vermuts del Basileo (el sifonóforos), Alejandro Kostilletas fue educado en las más altas instancias del Imperio para continuar el oficio que su padre y sus abuelos habían ocupado.

Se supone que Kostiletas es el capullete de la izquierda, el que levanta la cortina, invitando a la Basilisa a beberse el copazo de whisky que lleva en la mano en el jardincillo de la fuente. Las protokoandres son las damas que la siguen.

En realidad, a él le habría gustado ser protokoandre —la señora encargada del protocolo palaciego— pero eso no se supo hasta mucho después, cuando se publicaron las Invectivas Venenosas Anónimas (libro atribuido a Procopio, perdido a mediados del s. XVI) en las que daban rienda suelta a los rumores sobre la secreta afición de Kostilletas a disfrazarse de dama, y andar como dama en pena por los pasillos de la Blaquerna.

A los veintidós años, Alejandro publicó un Prontuario de Salutaciones y Prosternaciones ilustrado con sus propios dibujos, que ocasionó grandes divertimentos en Palacio. De todos modos, el Basileo se enteraba de poco, pues estaba muy acongojado por la escasez de numerario que afectaba al Imperio, y planeaba vender las Insignias Imperiales para obtener oro con el que pagar a los gobernadores de las provincias occidentales. Estos, a su vez, estaban preocupados por el ascenso de los eslavos que amenazaban con invadir y tocar los pieses al imperio.

Se dice que, al ver el éxito de su prontuario, Alejandro aceptó de buena gana su oficio imperial, se compró un sifón nuevo y aparcó sus veleidades travestoides durante quince años. A pesar de todo, siguió escribiendo poesías ostentóreas, en un griego muy pulidito que parecía salido del mismísimo cálamo de Eufrasia de Lesbos (famosa poetisa desconocida de la Antigüedad).

Una de las más conocidas obras poéticas de Alejandro, es este fragmento, el único que se conserva de su Oda Lisca:
Odalisca refulgente,
que se mueve incandescente
como un flan hecho en Oriente.
Elegante como galga,
en la música cabalga
con ardor de muslo y nalga,
y sus ricas cazoletas
son dos cónicas gavetas,
disimulo de sus tretas.
Hipsipila que vacila
y los ojos encandila…
(Aunque es cierto que algunos han atribuido el poema a algún falsario del siglo XIX o XX) (1)

Cuando al emperador Nicéforo lo cegaron y lo ataron a un mono para echarlo a la caldera de Palacio, Alejandro cayó en una depresión caballuna y jugueteó con la idea de retirarse a la Meteora para llevar vida de asceta. Según su obra más famosa, que escribió cincuenta años después, le quitó la idea la aparición de un ángel que le pateó las posaderas cuando se encontraba prostrado en la iglesia de Osios Lucas. Según propia confesión (Autobiografía Fehaciente, libro XXV), el ángel le dijo que era un camastrón y un archimondongo, y añadió:

—¡Haz versos y no ‘odas más!

Esta frase angélica despertó grandes dudas sobre la verosimilitud del incidente entre los historiógrafos de la época y aún los de nuestros días (cf. Wilhelm Ostrenwelff: “Altere mandangeschiste zum Bizantium”, 1899).

Sea como fuere, desde ese año (al parecer el 40 de su vida), Alejandro se dedicó a su magna obra literaria: la reedición de la Deambulatria de Gilifonte de Abdera que se encontraba, olvidada y cubierta de polvo de dimensiones arqueológicas, en la biblioteca del cubicularius de la Puerta Dorada. La Deambulatria, famosa obra de la Antigüedad que describiremos en una próxima entrega de “Vidas Zicutrinas”, alimentó su ansia de rarezas y extravagancias occidentales y se convirtió en la obsesión de su vida. De hecho, se sabe que Kostiletas abandono a una esposa y cuatro hijos, tan entregado como estaba a su labor de reeditor. y concibió el proyecto de viajar al extremo Occidente con un grupito de Varegos de la guardia…

Mientras tanto, seguía ejerciendo como sifonóforos del Emperador y se dice que fue el inventor de una insólita mezcla de zumo de limón y canela con el vermut, lo que convertía el brebaje en un poderoso excitante que enloqueció a más de dos.

Kostiletas, reciclado como Cassiodora Fumaria, pasó los últimos días de su vida en el barrio de Galata, adonde murió en el año 663, seguramente del susto que le produjo la aparición de uno de sus hijos, que le pedía una subvención de doscientos sólidos de oro como reparación al hecho de haberlo abandonado treinta años antes, por lo cual se vio obligado a vivir amaestrando monos en la provincia de Iconio.

———————–

(1) Extraído de “Las mil peores poesías de la lengua castellana” de Jorge Llopis, que debió traducirlo del griego, o así.