Patitas desmayás


Del románico que vimos en nuestro viaje, me interesó muchísimo la decoración de los capiteles de S. Juan de Amandi.

By Ángel M. Felicísimo from Mérida, España (San Juan de Amandi) [CC BY-SA 2.0], via Wikimedia Commons
Es un edificio excepcional precisamente pr la escultura de su cabecera, profusamente decorada por un equipo de los primeros artesanos plenamente románicos llegados a esta parte de Asturias. Información histórico-artística sobre la Iglesia se encuentra aquí y tecleando su nombre en Google es fácil de hallar.

Normalmente una de las cosas que llaman la atención en el románico es el tratamiento de las escenas de la vida cotidiana: los campesinos trabajando, los motivos estereotipados (ejemplo: despedida de caballero, justa/combate, etc.), la sátira implícita en algún capitel “de interpretación dudosa”, los canes “eróticos” que no dejan de ser otra sátira, sátira satírica en este caso…

En este pequeño mosáico tenemos a un jabalí comiendo bellotas y a alguien que quiere presumir, por todo lo alto. De este último los ignoramos casi todo, menos su exhibicionismo (o que estaba muy harto, como tantos españoles de hoy día, aunque puede que él fuera francés…).

Pero del bellotoso y del bicho que le persigue, casi podemos deducir que se trata de una broma con objetivo que lleva nombre y apellidos, a menos que hubiera una canción (hoy perdida) del cazador “cazado” (pues la caza, sin duda, se organiza con toda la pompa y circunstancia en el capitel anterior, véase el conjunto) por un cochino que come bellotas. A mi me recuerda un chiste, y también que en el calendario estacional del medievo, el mes corriente, Octubre, se representa con un cochino comiendo bellotas.

Pero como soy dibujadora, me llama mucho la atención el que se haga escultura con un sentido tan “de cómic”, o sea humorístico (humano) de lo que es realmente serio.

Veamos: nada más llegar a la estupenda iglesia de S. Juan de Amandi sobre la que tienen vds. información aquí Se nos plantea un tema religioso de lo más elevado: la Presentación en el Templo del Niño Jesús.

El resto de los capiteles de la entrada son vegetales, pero este lleva figuras humanas. Muy metido en su papel, San José, tieso como un ajo, lleva en la mano dos pájaros que deben ser las tórtolas a las que alude el Nuevo Testamento y que el Antiguo prescribe para los “pobres” (a mi me sugieren también la castidad, en alusión a la Concepción Virginal de Cristo). Digo “deben” porque en la portada se ven muy malamente; en vez de dos pájaros parecen cualquier cosa: un par de trozos de madera con pico, una gallina grande…

Pero ¡ah, en el interior! Las patitas desmayás de las aves temblorosas y prestas a ser sacrificadas se ven claramente. Y a una no le extraña el desmayamiento, ya solo de ver la cara de burrrrr que tiene el sacerdote.

Patitas desmayás

Es cierto que el porte piramidal, amazacotado, de los personajes, impone respesto. Pero las patitas desmayás de las tórtolas dan un punto de ternura del que carece toda la escena, la humanizan. ¡Primer olé por el escultor!

Luego está la terrible escena del sacrificio de Abraham: en vez de escoger un punto de vista neutral, se ha escogido un énfasis en el horror y la violencia. El padre agarra al hijo de los pelos y del cuello y va a cortárselo sin remisión. 

Pero hete aquí que aparece un ángel y ¡óstraka! guía a un ovejo (que debía ser carnero, pero que tiene los cuernos disfrazados, pero una cara de modorro conveniente) Él sustituirá al que va a ser sacrificado… ¿y quien es el más “humano”? Pues sí: ese ovejo de morro triste y mirada tontona, que se somete, sin más.

¡Segundo ole!

 

 

 

 

 

 

Me encantan las músicas narigonas. De las primeras, la una baila el chachachá y la otra parece una gorda principal, pero en realidad es que se esconde, vergonzosa, detrás de un instrumento musical tipo “órgano” que, de puro plano, no se puede saber qué instrumento es. A alguno le parecería una acordeón… debe ser de la misma familia (fuelles y llaves). Pero lo mio no es la organología, eh.

A mi, la bailarina me parece que en cualquier momento empezará a mover las caderas…

Obsérvese el morro prominente de los caballitos de la justa y lo paticortos que son. El autor, sin duda alguna, era partidario de los animales “de dibujos animados” con un morro inusitado y mucha más importancia que los humanos que iban encima de ellos. Tan poca importancia tenía el caballero que no le vemos la cabeza, con tantas “nubes” a su alrededor. Los caballitos, lejos de la simetría y la talla plana que se observa en otros sitios, son unos divertidos ponys de volumen redondeado. Otra vez simplificando los rasgos para destacar un humor que se me antoja muy moderno. Tan moderno que me recuerdan al unicornio de trapo que lleva la niña de  “Mi villano favorito”, ¿no? 

La fiesta del pueblo sigue entre competiciones y juegos, y dos luchadores se enfrentan (hoy con un solo brazo cada uno) en un combate de “lucha leonesa” o cualquier lucha medieval y villana en la que no hay tantas reglas como en la MMA… pero este es un buen luchador: mete el piececillo por detrás de la pantorrilla de su oponente. Una llave clásica destinada a tumbarlo. 

No me digan que no les enternece el detalle: el piececito por detrás de la pierna del contrario. Hasta los pantaloncitos cortos (calzones de lino sucios y con raya triple, seguro) simplificados al máximo, con volúmenes redondeados, otorgan un aire humorístico a la escena. Dentro de una iglesia… ¿es que no recuerdan la lucha entre Jacob y el ángel que ya pintó Gaugin, ambientándola precisamente entre bretones, famosos por su estilo de lucha?

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