Teaser IV


By Hermann Luyken (Own work) [CC0], via Wikimedia Commons
Ya tengo la novela corregida y registrada. Vamos, que hará la Primera Comunión ya mismo.

No me resisto a dejaros un fragmentillo más, uno de los que más me gustan. Pero en adelante más bien, iré agregando detallitos sobre el proceso de documentación y escritura. Esa parte que a los partidarios de la novela histórica nos trae por la calle de la amargura, porque a veces se duda entre hacer una “Introducción-tesis doctoral” o… o qué. ¡Cuánto daño ha hecho la wikipedia a los que creen que basta con saber mucho de una época determinada!

Es decir, que yo voy a “o qué”: deseo que “Un cuervo en la nieve” lleve solamente un mapa de la Irlanda anterior al año 1106. Y nada de notas a pie de página. La información histórica más “detallista” va a estar en este blogo.

Se sumergió en los agradables recuerdos del día que escapó del scriptorium para buscarla en el barrio de los artesanos. Necesitaba verla, saber cómo se llamaba, por qué iba descalza. ¿Hasta cuándo estaría en el monasterio, por qué se había reído de sus toscas palabras? ¡Era tanta su impaciencia!

Deambuló un rato por entre las casucas de los siervos, de los herreros y los guarnicioneros, cuidando de no perder de vista el albergue y temiendo a la vez el no verla y el encontrarse con ella de manos a boca. Si no la viera, pasaría el día triste, atrapado en sus ensoñaciones. Pero si la viera, ¿cómo iba a domeñar su deseo de hacerle todas las preguntas que quería?

Entonces, allí estaba: una figurilla delgada que cargaba con una enorme herrada llena de agua. Aedh se apresuró a ayudarla y acercar el recipiente a la puerta del albergue. Pesaba un quintal, pero fingió que era una cosa ligera, fácil para un muchacho sano como él. Ella se lo premió con una sonrisa pícara, aliviada.

—Gracias, estudiante —le dijo.

—Me llamo Aedh, ¿y tú?

—Aróc.

Era un nombre antiguo, que sonaba bien, pese a su rareza. La invitó a dar un paseo.

—¿Un paseo? ¿Estás loco? Hay mucho que hacer aquí, tengo que ayudar a mi mamá.

Empleó la palabra infantil que indicaba una madre adoptiva, ¡así que era la hija de crianza de aquella familia de artesanos! Eso explicaba que sus trazas fueran tan diferentes de la de los otros miembros del grupo y de la anciana que les había llevado a Clonmacnois. Saber eso, le dio confianza.

Tenían tiempo hasta que se oyeran las campanas de Sexta. Caminaron más allá del embarcadero y de las casas de los artesanos. El viento alejó las nubes y por un momento, pareció que hubiera llegado la primavera, con un sol brillante en medio del cielo intensamente azul que volvía oscura el agua del río.

—¿Es que hoy no dan lección? —preguntó ella.

Aedh sacudió la cabeza. Trabajaba en el scriptorium pero tuvo que ir a casa del guarnicionero, a que le arreglase la correa de un zurrón que se había roto, se inventó. Los deberes de los estudiantes se relajaban mucho en los días antes del inicio de Cuaresma.

Aróc encogió la nariz. No me gusta la Cuaresma. En esa temporada todo el mundo piensa en la muerte y en el fin del mundo. Prefiero la Noche de Pascua, cuando encienden las hogueras y todos gritan locos de alegría “¡Aleluya, ha resucitado!” y luego hay un banquete lleno de dulces y de cosas ricas.

Con un movimiento que a él le pareció lo más elegante del mundo, se quitó el pañuelo de la cabeza y ofreció a su vista un cabello negro y espeso, que se peinó con los dedos. Aedh miraba con la boca abierta. Sin aquel pañuelo de lino, usado y descolorido, Aróc era aún más bonita. No pudo reprimir el deseo de tocar su pelo: era como hebras de un metal desconocido, tan oscuro que casi parecía azul.

—Me gustaría que no llevases ese pañuelo tan feo.

Ella volvió a reírse, como el tintineo de una cuerda de arpa.

—¿Vas a regalarme tú uno mejor?

No le importaría hacerlo, aunque no sabía dónde podían obtenerse esas cosas tan bonitas. Los mercaderes que ponían sus tenderetes en la carretera que iba al monasterio, a veces traían retales de lino teñidos de colores vivos, verdes, amarillos y azules, pero eran demasiado caros para un estudiante de su edad. Al acordarse del mercado, lo hizo de las avellanas que guardaba en la bolsita de su cinturón. Eran las últimas que le quedaban de las que compró una semana antes al buhonero que se ponía cerca de la entrada a la monjía.

Fuente: http://www.comecastellon.com/

—¿Quieres unas pocas? Cuando empiece la Cuaresma ya no darán ni siquiera estos frutos en el albergue.

Metió la mano en la bolsa y sacó un puñado. La chica ahuecó las manos para recibirlas y miró alrededor, buscando una piedra plana sobre la que partirlas. Cuando la encontró, Aedh ya tenía dispuesto un guijarro para machacar. Se arrodillaron y Aróc empezó a cascarlas, todas juntas, tercamente, con habilidad para no romper más que las cáscaras leñosas y no la sabrosa carne interior. Cuando terminó con todas las que había en la bolsa, se las repartieron ávidamente. Masticaban de una en una, deshaciéndolas despacio en la boca. Estaban dulces, harinosas y suaves. Se miraban y sonreían, con la boca llena de la mantecosa suavidad del fruto seco, como un beso de árbol.

Decían que las avellanas son el fruto que aviva la memoria de los poetas y permite que se acuerden de todo lo que exige su oficio, le dijo Aróc.

(…)

 

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