Días nuevos


Tengo la impresión de que a los que nos gusta madrugar es porque nos ilusiona estrenar el día, cogerlo cuando aún no está gastado y absorberlo como si acabáramos nosotros mismos de nacer. Clock fleur de lis

Es una ilusión, claro. Para empezar, ¿cuándo es nuevo el día? ¿a las siete y media en invierno? ¿a las cuatro de la mañana en la latitud de Estocolmo a 15 de mayo? Parecen preguntas retóricas, pero no lo son. Cuando estaba en Irlanda, las cuatro de la mañana de mayo me pillaban escribiendo en el viejo Toshiba y me parecía que el día no había terminado aún. Me iba a la cama y tenía que despertarme a las 8 o llegar tarde a clase. El día empezaba a la hora de tomarme el primer té con sandwich: a las 11:30.

Ahora, que ya no soy nueva, se me antoja casi utópico levantarme a las 6 para escribir. Aún así, me parece un dia echado a perder si voy a correr después de las 10. Bueno, no siempre… Pero casi. Y si tengo que aguardar a que abran los comercios y las oficinas, ni te digo.

Qué extraña es nuestra sensación de tiempo, novedad y frescura.

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