Descubrimiento de verano


“Las margaritas de septiembre olían a calcetines sucios…”
Una de las cosas que me llamaron la atención cuando leí por primera vez a Chandler fue la forma en que usaba las metáforas*. Siempre eran cosas destacadas por su olor, color o aspecto, contrapuestas al objeto referido. Siempre referentes bastante asquerositos. Una cara como un pastel de carne mal cocido; una oreja como un filete… creo que un filete crudo… vamos, un asco ¡puaj!


A la vista de esto, no me extraña que Benjamin Black, el alter ego de John Banville, haya escrito la novela sin terminar de Raymond Chandler. Porque emplea las mismas metáforas: visuales y olfativas en ultima instancia.
Y es que Black ha sido mi descubrimiento, triste, parco, de este verano. Dublín, años 50. Vida cotidiana urbanita y podrida, y cultura popular de forma de cines, músicas, marcas de coche y de tabaco, formas de vestir y de gastar el tiempo. Me agrada el haber deducido por mí misma las fechas, aunque ni es mi generación, ni he conocido ese Dublín, del que me malicio quedan trozos flagrantes en los edificios de ladrillo y mohoso, en las casonas señoriales (por fuera), en las callejuelas renegridas cuando llueve y en algunos interiores, como el del Beweleys original, el que ya no está, donde pasé -mirando- tantas tardes.

El autor pinta a los personajes por medio de sus pensamientos y actitudes ante los demás: la pájara pinta, el funcionario imbécil, la supuesta lagarta, los misteriosos gemelos, la chica “liberada”… totalmente vívido.
Claro que he comenzado por el final: la última entrega (hasta la fecha) de Quirke & Hackett. Espero no haberme perdido nada… Una frase banal y hecha como cualqueir otra.

Y ya quiero regresar al principio, porque, lejos de los socarrones detectives españoles y los viscerales sicilianos, esta mirada es sí, muy negra.

(*) Oigan, no sé en este momento como se llama esa figura literaria, retórica… ¡grrr!

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