Tristezas


Publicaba el otro dia Santiago González (ya sabeis que soy asídua de su blogo) una entrada acerca de ciertas cagaducas soltadas -o aparentemente soltadas- por una persona de quien fue amigo, curtido en luchas diarias y coincidente en gustos e ideas… Pero no ideas cualquiera, sobre esto o aquéllo, no. De esa clase de ideas que a uno le marcan como seña de identidad, porque se manifiestan en todo: vida pública, vida privada, haciendo de uno una persona mejor, un mejor ser humano (¡que puñeta, hay que decirlo!). Es decir: que más que ideas son una forma de ser, un aspecto íntimo de la persona.

¿En qué momento se encanalló tanto un hombre a quien yo quise como amigo muchos años? (…) ¿En qué momento, me pregunto, empezó a comportarse mi amigo (…) como si fuera una mala persona?

La entrada tenía el tinte de la nostalgia y la pérdida, la pregunta del aire entre dos que se quieren y de pronto descubren, que ya no o que todo era ilusión: ¿cuándo se nos pudrió…? ¿cuando alguien empezó a comportarse como si fuera…? Y es una de las preguntas básicas de la vida: ¿qué pasa cuando algo se rompe, definitivamente aunque no lo parezca, entre dos personas?

A mi me gustó más esa entrada por lo que sugería que por el asunto en sí, el cual por lo demás termino yéndose a los cerros de Úbeda. Y, sobre todo, poque yo también me he encontrado en tales situaciones. Y permitidme que os diga: son una putada de la vida.

Pero los edificios, las verdaderas armazones de edificios, no pueden hacerse sobre pilares falsos. Y cuando se caen los palillos, siempre, siempre te dan… en el corazón.

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