No eran vacas


La via, desde la estación de Villar del Saz.

Mi abuelo no era un hombre de armas tomar, aunque llevase escopetilla de caza menor cuando hacía sus recorridos nocturnos por la via del ferrocarril que llevaba a Cuenca.

Llamaban a ese menester, es decir:  el de recorrer las vías de noche para despejarlas de obstáculos o avisar de viva voz a “la brigada” de limpieza o de reparaciones necesarias, lo llamaban, digo,  “guardavía”, aunque otros dicen que era “guardanoche”. Esto suena más poético, pero es menos exacto, porque las noches nunca han sido capaces de ser guardadas.

El Tío Matalobos y señora, en su ancianidad
El Tío Matalobos y señora, en su ancianidad

A pesar de su apodo de “Tío Matalobos”, me parece que el abuelo no era ningún valiente. No más allá del valor que se necesita para alimentar a siete hijos, ejercer oficios diversos como el susodicho y el de capador de cochinos. Para andar por los pueblos con una borriquilla y para sufrir prisión injustamente. En suma: para arreglárselas y sobrevivir a los pesares de la vida de la ante guerra, la guerra y la posguerra de aquella España que ya no volverá a ser tan pobre, esperamos.  La España antigua, vaya.

No sé cuando fue, pero me figuro que en los alrededores de la guerra, porque debían andar muy apretados por el hambre para enredarse en una descubierta nocturna a la caza de presas de caza mayor. Eran fiestas en algún pueblo mayor cercano, donde se anunciaba corrida, o novillada más bien, y mira por donde, los mayorales dejaron las reses a aselar en la tarde noche, o como dice una versión distinta, los animales habían escapado de… no sé dónde, porque me extraña que los sacaran a pasear si iban en transporte ferroviario, y me huele que ésa es la versión “escuchada” por mi madre, que es quien me relató por primera vez el caso.

¿Serían así?
¿Serían así?

La voz de que vacas o novillas andaban “sueltas” corrió hacia las orejas interesadas, y hete aquí que mi abuelo y el tío Polonio se conchabaron para ir a la busca y captura de alguna de ellas.

Me figuro que su imaginación contaba con vaquillas escuetas, casi terneras, cuando se armaron para la montería: un hacha de cocina, algún cuchillo y cuerdas. El zurrón, me imagino, para meter la carne que el carnicero experto -es decir, el Tío Matalobos- habría de trocear in situ. Como si en la necesidad de alimento yaciera la misma técnica que la de un par de cazadores del Paleolítico, aunque con armas menos endebles…

Pero mira que cuando llegaron, ya crecida la noche, al campo donde esperaban ver paciendo a las novillas, se encontraron con que estas tenían unas respetables cornamentas y que su tamaño era superior al que imaginaban. Seguramente aumentaba la negrura de sus pieles la oscuridad de la noche y el relumbrar de sus astas afiladas, la luna mediana. Sea como fuere, mi abuelo y el tio Polonio descubrieron que aquellos animales no eran vacas, sino que parecían más bien toros bravos, los cuales no iban a ser tan fáciles de desjarretar de una cuchillada y desmochar de un hachazo.

Si alguna vez uno de los lectores se ha sentido “mirado” por el ojo cortuco, pero ancestralmente temible de un toro, sea cual sea su raza (pero si es de color negro zaíno, más) sabrá lo que debieron sentir el Tío Polonio y el Tío Matalobos cuando las reses volvieron las testas, venteando la presencia de los dos moscardones. Piernas temblorosas, palabras que no se atreven a salir, movimiento congelado.

-¡Pero que no son vacas, Matalobos! -gritaría el compadre, azuzando la urgencia de buscar refugio ante un posible ataque.

Y allá que fue mi abuelo, a subirse a un árbol. No creo ni siquiera que fuese el más alto de la campa, solo el más fácil de subir. Con el hacha aún en la mano, tan asustado que solo era capaz de rezar para que ningún derrote alcanzara la rama donde se había perchado.

Y frustrado el intento, así pasó el Tío Matalobos las horas gordas de la noche, en el árbol, aguardando que se fueran o que al menos, les dejaran un resquicio donde no hubiera cuerno ni pezuña, aquéllas que no eran vacas.

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4 comentarios sobre “No eran vacas

  1. ¡Qué interesante!
    Como se nota que soy un tío de ciudad. Las pocas veces que he ido a algún pueblo, no he visto vacas, ni cerdos más que en el plato.
    A veces, echo de menos el haber podido ir a sitios así, y tener las vivencias de los pueblos.

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  2. ¡Cuántos abuelos formidables y cuántos nietos con corazón para recordarlos y talento para compartirlo! Enhorabuena.
    Yo sólo conocí a uno de mis abuelos y tengo lo primero, pero no lo segundo.
    Y, puestos a tener, tengo una familia de lo más taurina en la que yo soy un borrón de puro cobardona. Todos mis hermanos se lanzan en capeas, tentaderos y encierros. Yo aún tengo pesadillas con la mirada de un toro que se fijó en mi, cuando era prácticamente pequeñita, en los corrales del Batán!!!!

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    1. Es que no es lo mismo que te mire un toro que te mire… no sé, un camaleón, a pesar de los ojos saltones que tiene. Yo de pequeña tenía pesadillas con una cabeza de toro disecada que había en una taberna de Cuenca, precisamente. Son tótems de nuestra cultura, casi dioses si se entiende bien el ritual del toreo y el jugueteo con la muerte que dicho arte encierra…

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  3. Muy buena esta historia.
    Me recuerda a alguna de las historias del abuelo picador de don Neo …
    Y yo toreé una vez, una vaca brava, que me desafiaron a que no me atrevía, y claro, como era muy joven y muy chula, pues allí que me fui yo sola. La vaca me mirada torvamente, porque además era medio bizca, y se vino corriendo a mi encuentro, con malísima intención, y me entró tal pánico, que me agarré bien fuerte a un cuerno con cada mano, y allí me quedé , con la vaca intentando tirarme por los aires, y empujándome hacia atrás, pero yo agarrada frente a ella, como una lapa, y no me solté hasta que vinieron dos tíos a ayudarme a salir de allí….

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