Anacronismos espirituales


¿Mamá, por qué siempre ponen esa mirada que no se sabe si es a la punta de los pies o a la cámara?

Estoy contenta por haber podido encontrar en streaming la serie “Vikingos”. Además, ha venido con otras series de regalo, así que espero poder pasar más tiempo fuera del estudio, mirando esas cosas que luego una lamenta no haber visto porque la tele le importa un pimiento…

La verdad es que los tres episodios iniciales de la serie me gustaron, aunque, por supuesto, he encontrado cientos de anacronismos. Como otros a quienes respeto mucho más que a los pimientos coinciden conmigo, doy por buenas las urticarias que tales anacronismos me producen.

(Ojo: spoliers inside)

Ya sé que vais a decir que los historiadores tenemos tendencia a ser tiquismiquis con estas cosas… y que solo se trata de entretenimiento, bla, bla… Sí, vale: pero en este caso el entretenimiento viene “esponsorizado” por The History Channel, no por la Disney, ni por “TeleCirco”… ¿Me explico?

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Vale, vale. Dejo las hortalizas y no me meto en berenjenales, ya que me dedico a la novela histórica y nadie está libre de pimientos asados. Ni siquiera las novelas que más me han gustado últimamente. Y desde luego, tampoco las mías.

El anacronismo que más me llamó la atención en estos primeros compases de la serie fue la presencia de una cruz más bien románica (y de las “casi barrocas”) encima de un altar de estilo indeterminado que se suponía del monasterio de Lindisfarne en el siglo VIII… ja, ja, ja. En fins, menos mal que sobre el estilo “hibernosajón” hay suficiente documentación histórica, y en inglés para facilitarles las cosas a los “asesores” del History Chop, que si llegan a ser las costas de Cedeira, igual nos meten a una gitana con peineta gritando “¡Que vieneeen!”, con flamenco tipo “Triana” en la banda sonora, pa’ dar ambiente.

Y es que los detalles, tanto en ambientación como en narración, los carga el diablo.

Porque hay una cosa que suele pasar por alto por el lector ingénuo del novelas históricas y el espectador ingenuo de estos telefilmes: lo importante no es la “reconstrucción del hecho” histórico. Para eso están los libros de Hª (ya sé que suelen ser mucho más aburridos). Lo importante es la recreación verosímil del ambiente, no solo material, sino sobre todo social y espiritual, del momento.

En cuanto a la documentación y el ambiente, la culpa es siempre de los asesores. Igual tienen tantos como nuestros “políticos” e igual de inútiles. En cuanto la narración: la culpa es siempre del escritor/guionista, que toma por tontos a los espectadores todos. O que posee una agenda oculta con más secretos que la de Bárcenas.

Así que no es la incongruencia de los objetos materiales la que quería sacar aquí a relucir. Es una mucho mayor, que para no caer en ella hay que hacer un triple esfuerzo: recordad que “no es un truco si no se hace tres veces”.

No solo se trata de indagar en las mentalidades del pasado y por tanto, de ponerse en el lugar espiritual del protagonista aunque casi se roce lo poco literario y lo poco espectacular. Es que requiere saltar por encima de la corrección política posmoderna (reflejada en nuestros clichés culturales) y, al fin, presentar un guión (o producto) que dé entidad a tales diferencias por medio de palabras, hechos o detalles concretos del novelo/film.

Se trata de la “ambientación espiritual” de las culturas representadas.

1. Falsa diferencia cultural: ¿Por qué un niño vikingo se va a sorprender de ver a un monje tonsurado cuando él mismo lleva una tonsura o corte de pelo bastante escandalosa? Está acostumbrado a ver diferentes cortes de pelo, ¿o no? Como no es más que un niño, lo lógico, y creo se puede entender por todos, es que se mofara con saña de que el monje es un prisionero, un esclavo y un extranjero. Eso nos ayudaría a ver que el pobre esclavo es realmente un pobre esclavo, no un turista un poco molesto por los niños pedigüeños… Y que los niños son suficientemente hijoputescos como para parecer vikingos y extraños a nuestra cultura.

Cuando nada de eso sucede, mal vamos en conjugar interés y verosimilitud en un supuestamente “histórico” filme.

Si planteamos una diferencia cultural, hay que profundizar en esa diferencia, de lo contrario, estamos colocando monigotes y toneladas de corrección política. Los protagonistas multi-culti y correctitos son de algodoncito. Da igual que les pongas un pasaje porno: siguen siendo blanditos. Monigotes, cuando no fantoches. Los héroes de verdad, por desgracia tan escasos incluso en la ficción, rompen TODAS las barreras. No es que vuelan y dan patadas ni que “ganen siempre”, es que rompen también NUESTRAS barreras.

Con atención a los aspectos vamos a decir “explícitamente espirituales” que (debería) explorar el películo, reparemos en dos.

1. Falso Cristianismo: le dedican a él un post mucho más bonito estos muchachos/as de wonderingfair. Lo dicen en pocas palabras y sugieren mucho más. Un cristiano que ha sido misionero pero que se queda mudo ante una pregunta tan simple como “¿Y como fue creado el mundo según vosotros?”. No es creíble (culturalmente hablando, espiritualmente hablando) esa mudez, menos teniendo en cuenta que se trata de un sajón. Si todavía fuera un irlandés al que los cuentos del Valhalla le resultarían lejanoides, entretenimiento para tontos y artificios poéticos… ¡Pero un sajón casi que recién convertido…! Podía hasta explicarlo un poco, aunque la respuesta fuera como la de los cachondos vikingos de no sé que película de Monty Python: cada vez que el prisionro cristiano abría la boca, solamente con sus miradas furibundas le hacían abandonar la empresa de decir algo.

2. Falso Paganismo: unos vikingos que hacen una larga peregrinación para ver un fresno maravilloso y que se le quedan mirando como los turistas miran a los fresnos de mi jardín. ¿Será este el Ygdrassil o será uno que plantó Boutelou? ¿Es que lo dudan? ¡j*d*r qué paganos más blanditos! Podrían haber puesto algo de atrezzo, pero en torno al super-tronco no hay ni un mísero trocito de tela mostrando que al fresno se le reverencia, se le admira, se le teme o algo así. Nada, no existe ni una

mísera turberita donde arrojar dádivas metálicas, ni muertitos (aunque sean simbólicos) colgando de las ramitas… ¿De verdad es un fresno al que merece la pena peregrinar o es una atracción turística, muy agradable por otro lado, para los varones peregrinantes only? ¿es verosímil ese punto de vista de los paganos sobre su propio mundo espiritual? Ahí es donde comprendemos que el punto de vista ni siquiera es el de los propios protagonistas: es el de un guionista politi-corri que busca agradar, no hacer una historia con nervio.

Las ceremonias paganas que se muestran son bastante chorras. Ni siquiera captamos el susto del cristiano -que al final no apostata, ¡hay que j.d.r.s.!- al estar inmerso en una de ella, alucinado por los honguitos que ha comido y asediado por malvadas walkirias que van a… No se sabe: entre hacerle una fellatio o matarle tres veces.

La música y el movimiento que acompaña a este destrozo ritual es… ñuf… ¿Qué cantan los sacerdotes paganos, Gregoriano u Ópera? ¿No podían haber recurrido a un sonido más paganoide actual? Incluso a algo incomprensible… No sé algo como…

No, no han recurrido a nada que rompa nuestras barreras: todo lo contrario. Han creado una caricatura basada en nuestos propios prejuicios; a mi me parecen cristianos disfrazados de paganos, es decir: cristianos alrevés. Blanditos. Por no decir más.

De la misma manera que el cristianismo es caricaturizado por medio de la disolución de sus marcas características materiales, lo es el paganismo. Ni siquiera las visiones del protgonista son explotadas nada más que para la imaginería de la cabecera. ¿Qué paganos son esos, leches?

La incapacidad para reflejar toda una cultura diferente podría enmascararse con imaginación, ya sea mediante actos del guión (¿por qué cogno el cristiano no apostata al final? ¿) o mediante detalles visuales como los que podían acompañar al fresno que dije antes, mini-historias que nos rompan de una vez los esquemas.

Como diversión-entretenimiento-cigarrillo estas cosas no están mal, no lo niego. “Se dejan ver/leer”. En el caso concreto de esta serie, la narración llega a interesar a la larga, no en el paso a paso. peligrosamente, porque en 10 minutos de aburrimiento puedes dar por finalizada la serie. Tentadorrrr para quienes aborrecemos las hortalizas.

Le sucede lo mismo a muchas novelas históricas, incluso a algunas cuyo autor ha creado una buena historia, un entorno y unos personajes creíbles. Entonces, va y planta unos conflictos que no se darían ni de coña en ese pasado, unas identidades culturales y espirituales falsas.

A pesar de todo, la literatura tiene muchísima más versatilidad que la narrativa visual del cine y de la tv, sobre todo cuando el autor es un maestro: ¿habeis leído este relato, ambientado en la Revolución Francesa? Pues a eso me refiero. Ah, el tiempo-no tiempo.

El anacronismo espiritual es lo peor que puede pasarle a una narración. Es posmoderno, tal vez multiculti (o más bien anti-culti). Y encima es mortal; no aburrido, sino olvidable.

Banal, como nuestros prejuicios posmodernos. Como el Mal. Qué cosas.

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