Cristina Lavransdottir


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Deseaba escribir este post hace ya muchas semanas, cuando la novela que ahora estoy terminando de leer empezó a cautivarme: Cristina hija de Lavrans de Sigrid Undset.

Ya le dediqué una entrada, aunque creo que más bien fue una rabieta, al comparar la escritura riquísima, las agudas descripciones y la sensibilidad de la autora con la blandura de mucha “novela histórica” que triunfa por aquí. Incluyo la mía. Y le eché la culpa al cine… Sigo manteniéndolo. La culpa la tienen las series de la tele y cierto cine fácil y efectista, no de “efectos especiales” precisamente; por Tutatis, el cine tiene acopio de efectos desde su origen; el cine es un engaño y sabe metérnoslos doblados mejor que nadie… ¡Y eso que los escritores nos esforzamos!

Pero, eh, vale, que no es de cine de lo que quiero hablar, sino del libro. Lavr

Retomé la lectura poco después de la operación de cataratas y me ha acompañado a lo largo de la convalecencia y de una fastidiosa conjuntivitis. Es decir, estoy leyéndolo desde Febrero y ni me ha decaido el interés, ni ha perdido fuerza la historia de Cristina. Ya llego al último volumen y sigo maravillándome con las descripciones del paisaje y con la riqueza de la vida humana que despliega su escenario, a riesgo de  ahogarme -como solemos los lectores modernos- en el alud de nombres “raros” y de voces que se juntan para narrar.

Cristina descuibrió el lugar: un prado escarpado, llano y quemado por el sol. Era el momento de coger las flores. Alzaban sus altos tallos amarillos, coronados por las flores blancas recién abiertas por entre las piedras y troncos grises. Para que Munan cogiera frambuesas, Cristina lo instaló  entre los arbustos en un sitio del que no podía salir sin su ayuda, encargó al perro que lo vigilara y, cogiendo un cuchillo, empezó a cortar flores sin dejar de mirar continuamente hacia donde estaba el niño.

Una de las cosas que más me gusta de este libro-río, es la facilidad con que muestra las cosas de la sociedad medieval escandinava sin permitirse ni una pizca de explicación, ni siquiera de interpretación, sino recurriendo a una simple, directa descripción. Las cosas son como son (o sea: como eran) y esas “cosas” son muchas, muchísimas, ¡eran la vida entera de la gente de aquella época! La fuerza de los personajes nos los acerca un poco, pero de pronto, a la linea siguiente, a lo largo de un buen puñado de párrafos, se desarrolla algo que solo era posible en aquel momento histórico: una pelea brutal sin coreografía ni poses bonitas, a burdas cuchilladas y tajos de espada; alguien que se preocupa porque tiene que pagar una compensación por haber matado a un hombre; la señora que se enfurruña porque sus vacas tienen que vivir en el establo de una vecina un poco mas rica, con mayor espacio para guardar animales; el niño gravísimamente enfermo sin que se sepa el porqué y el recurso a supersticiones aún más antiguas (y pecaminosas en la óptica de los personajes) para sanarlo en última instancia.

Y claro está, la preponderancia de lo religioso, en cierta forma agobiante, pero no totalitaria: Cristina hoy pasaría por una beatona marginal, pero no: es una mujer de fe poderosa, que la impulsa a vivir y a cargar con sus pecados. Los clérigos, monjes y monjas de esta historia también son seres humanos. No porque tengan debilidades, que las tienen, sino porque no son símbolos del “poder” ni estátuas, como hoy tendemos a visualizar críticamente, sino que forman parte del río de la vida… Aunque, claro, los hay poderosos, los hay que tienen dudas, los hay que cometen graves errores, los hay que están locos y los hay muertos de hambre pro Christi.

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Pasa lo mismo, esa cercanía, con los objetos de la vida cotidiana, con los gestos por medio de los cuales visualizamos a la gente: no pueden ser más simples y más “medievales”, es decir, más alejados de los nuestros:

Los dos hombres no conseguían oírse porque Ulvhild insistía, con voz estridente, para que Erlend le diera algo que Simón no entendía. El padre le mandó, con brusca voz, que se fuera a la cocina con las sirvientas. La pequeña protestó. pero él la cogió por el brazo y la separó de Erlend.

-¡Basta!

El tío se sacó de la boca una bola de resina y la metió en la de la pequeña.

-Tómala, Ulvhild, florecita… la hija que tienes delante -dijo riendo- no va a ser tan dócil como Arngjerd.

Ah, sí, ya lo creo que me gustaría escribir como esta autora. De todos modos, me parece que sus experiencias vitales y las mías -me atrevo a decir que las de la mayoría de nosotros- no solo son muy distintas, sino que la forma en que ahora experimentamos la vida y sus dificultades es casi opuesta. ¡Y solo han pasado sesenta y cuatro años de su muerte!

Sigrid Undset era una “europea vieja” en el mejor y más excelso sentido de la palabra: educada, sensible, luchadora, racionalista, pero amante de la belleza y abierta a la trascendencia, que ella encontró en la Iglesia Católica. Y siempre, por supuesto, en la LIbertad.

NOTA: en los enlaces del post hay información biográfica sobre Sigrid Undset y sus otras obras. Era, como yo, una apasionada de la Edad Media. En este articulillo wikipediano falto de citas hay un poquito mas de información, y una bibliografía que puede ser útil.

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