Los Condes de Irlanda: campanadas del final de un mundo

Los Condes de Irlanda: campanadas del final de un mundo


Maircc croidhe ro sccrúd, maircc menma ro miodhair, maircc aithescc ro fhuighill an chomhairle trias a t-tainicc dul na druinge do-dheachattar for an echtra sin & gan dáil a rochtain for c-cúlaibh ina n-iomláine dia n-domhnas duthaighe, nó dia n-athardha bhunaidh co foircenn an bhetha.

¡Ay del corazón que lo meditó, ay de la mente que lo concibió, ay del consejo que decidió el proyecto de ir a este viaje sin saber si volverían jamás a sus principados nativos o a sus patrimonios hasta el fin del mundo!

(Anales de los Cuatro Maestros. Entrada 1607.3)

Los Condes de Irlanda (1)
Retrato renacentista de Hugh O’Neill El Grande

♣   ♣

Kinsale representó para los irlandeses una última oportunidad de ganar. Ese es el motivo de que Los Cuatro Maestros se lamenten de la mala organización de la batalla y del aún peor resultado. Los españoles, por su parte, hicieron de la rendición de Del Águila una causa judicial, aunque el Maestre de Campo no vivió para defenderse en ella.

Ese fue el primer fin de un mundo, pero aún quedaban otros.

El primero en salir de Irlanda (1602) fue el propio Hugh el Rojo Ó Donnell, quien “inasequible al desaliento” decidió venir a España para insistir en su petición de ayuda a Felipe III. El Conde todavía confiaba en volver a casa para quebrantar definitivamente el poder inglés en Irlanda con ayuda del resto de la Europa Católica y de su potencia máxima, España. Pero por desgracia, Aodh Rua Ó Donnell murió al poco tiempo de llegar, en Simancas en Septiembre de 1602 (1).

Segunda campanada.

La noticia de la muerte de su amigo y aliado encontró a Ó Neill resistiendo, todavía ferozmente, en las montañas de Glenconkeyne (Co. Tyrone y Antrim, una zona todavía hoy con interesantes bosques). Es discutible si la potencia militar irlandesa había sido deshecha del todo en Kinsale o todavía tenía la fuerza que da el sentirse respaldados por el medio y la población. Así que a erosionar la una y la otra se estaban aplicando sus enemigos: la política de guerra total y masacre, hambre y destrucción en la retaguardia alcanzó su punto máximo en estos momentos.

Nadie sabe si, a la altura de 1603, cuando los ingleses se estaban quedando cortos de dinero con el que proseguir la guerra en Irlanda (además de enfrentar cambios en la dinastía reinante) y le ofrecieron al Conde de Tyrone un suave tratado para que dejara de importunar -el tratado de Mellifont, que firmó sin saber que la Reina Isabel acababa de morir-, algún plan para abandonar Irlanda estaba en la cabeza de Ó Neill. Según John McCavitt, el autor del libro que se glosaba al principio de esta serie, “si el Conde de Tyrone no escapó cuando se encontraba refugiado en las montañas de Glenconkeyne entre 1602 y 1603…“, sino que lo hizo en 1607, “…es que las circunstancias eran entonces aún más graves“.

En 1605 Sir Arthur Chichester fue nombrado Lord Diputado de Irlanda. Todo indica que su celo anti-católico estaba muy atemperado por el interés de terminar de una manera razonable con la red de apoyo que suponía el catolicismo para los irlandeses. Pero aunque puede defenderse su forma de hacerlo -utilizó, por ejemplo, la propaganda religiosa escrita en lengua gaélica- el caso es que no trabajaba en una piadosa y misionera soledad.

Los desmanes de los militares que saqueaban, perseguían y mataban sacerdotes, monjes y población civil católica, y su propio exceso de confianza al amenanzar a los ingleses católicos (Old English) que hasta entonces habían sido fieles a la Corona, favorecieron el desafecto general de la población de Irlanda. También favorecieron las conspiraciones para promover un cambio de política al más alto nivel.

La muerte de la Reina Isabel había situado en el trono inglés a Jacobo I Stuart, de quien muchos esperaban fuese más favorable a los católicos -al menos a los ingleses- y de alguna forma, el que recibiera a Tyrone (ya rendido) en su propio palacio de Londres indicaba algo así, tanto que los soldados curtidos en la Guerra de los Nueve Años rabiaban al ver al “architraidor” paseándose del brazo del nuevo Rey y manifestaban su descontento arrojándole piedras e insultos.

Pero, por encima de todo volaba la ira personal de Chichester contra Tyrone, concentrada en una campaña de presiones sobre el Conde que llegó a sentir su vida tan en peligro que optó por poner tierra por medio, en vez de quedarse en Irlanda como un (venido a menos) terrateniente o, incluso, argumentar en la Corte de Londres su caso. Los sucesos del “Complot de la Pólvora“, supuestamente urdido por los católicos para asesinar a Jacobo I, también podían volverse contra él, toda vez que en el verano de 1607 circulaban espesos rumores de que estaba implicado. Por otro lado, sus tierras estaban siendo entregadas a emprendedores ingleses y escoceses que, de facto o de iure, le negaban poder señorial sobre ellas.

¿Huída, fuga o… ?

En Septiembre de 1607 (el día 14) el Conde de Tyrone, Ruari, heredero de los Ó Donnell y señor de Tirconell, junto con un nutrido grupo de nobles irlandeses de su entorno, así como muchos de sus dependientes y parientes -incluso los de corta edad- partieron de Rathmullan en un barco proa a España. Los ingleses advirtieron seriamente a España de que acoger a los Condes sería considerado acto de guerra y consideraron a los huídos como “una jauría de rebeldes”.

En esta fuente primaria, escrita en un rico inglés anticuado y cortesano, que podéis encontrar en el estupendo site de MacCavitt, se describe la Huída desde el punto de vista inglés(2). En las entradas de 1607 de esta otra -traducción oficial al inglés por el proyecto CELT- teneis la versión irlandesa de los hechos, a cargo de los devastados Cuatro Maestros.

Los motivos ciertos por los que se escaparon han sido muy discutidos. A ello se dedica el libro de MacCavitt y las fuentes y enlaces que he ido dando a lo largo de esta serie, muchos de los cuales deben el 90% a la labor de MacCavitt.

Los Condes de Irlanda (y 4): el final de un mundo

No fue una salida, sino una fuga” (this was not a ‘flight,’ this was an escape) dicen algunos. Para muchos, la Huída fue un error desmedido. La astucia e incluso la cobardía festonearon el hecho, que además fue un fracaso desde el punto de vista estratégico, pues no logró el objetivo de conseguir más ayuda de los Príncipes Católicos de Europa para los irlandeses.

Sin embargo, otros documentos (aportados por Micheline Walsh, entre otros) indican que los Condes la consideraban una retirada estratégica, pues querían no solo volver a Irlanda, sino que esperaban que España seguiría valiéndoles en la causa, lo cual truncó solamente la muerte.

Porque, y he aquí el último repique de campanas por el mundo gaélico, en una sucesión de rápidos ataques, La Parca se fue llevando a cada uno de los Huídos… y a quienes podían haber continuado su labor.

Después de una navegación accidentada, el barco que salió de Rathmullan nunca llegó a tocar la costa de España. Arribó al norte de Francia, de donde los Condes pasaron a Flandes, bajo dominio español entonces. No fueron extrañas las intrigas españolas, francesas y vaticanas para hacer que el periplo fuese tan largo, pues el grupo de nobles irlandeses era un peligro diplomático y una gravosa carga económica para el Estado y los particulares que los recibían. Las fuentes dejan entrever -y así lo presenta MacCavitt- que unos y otros se iban pasando la pelota de los Condes alegremente.

Cuando, por fin, lograron “detenerlos” en Italia, bajo la caritativa y “neutral” mediación del Papa Pablo V, todos ellos respiraron aliviados, si bien temerosos de que Ó Neill pudiera regresar a Irlanda tomando algún barco desde puerto mediterráneo. Porque, aunque deslumbrados por las bellezas de Roma, Tyrone y su gente no desistían en su empeño de volver a luchar por Irlanda.

A la espera de noticias y sin cesar en sus contactos para asegurarse ayuda española (cuyo horno de bollos definitivamente no estaba) el 28 de Julio de 1608 moría en Roma el heredero de los Ó Donnell, Ruari, hermano de Aodh el Rojo que habá muerto en España.

Poco después y en rápida sucesión, lo hacían su hermano Cathbarr y Cúchonnacht Maguire -quien había puesto el barco que les llevó fuera de Irlanda-. El propio hijo de Tyrone, el joven Hugh Ó Neill, escapando de los calores del ferragosto romano, marchó a Ostia y allí, lejos de mejorar de las fiebres que lo acosaban en la Ciudad Eterna, murió a causa de ellas al año siguiente.

Escudo de los Ó Neill en la iglesia de S. Pietro in Montorio donde se encuentran las tumbas de los Condes
Escudo de los Ó Neill en la iglesia de S. Pietro in Montorio donde se encuentran las tumbas de los Condes

 

Aunque estos hechos pesaron en el grupo de exiliados irlandeses en el Continente, en Irlanda se esperaba a los Huídos. Rumores de un retorno del Conde O’Neill circularon por Irlanda y encendieron no pocas histerias, sobresaltos y algaradas como la breve “rebelión” de Cahir O’Doherty, descabezada en 1608. Estos rumores eran tomados muy en serio por el Lord Diputado Chichester, sobre todo porque Irlanda no dejaba de hervir de cuando en cuando, con terrible violencia.

Seguramente atizada por el partido de los exiliados irlandeses en España y por espias y agentes que viajaban entre nuestro país y la isla, la rumorología llegó a su culmen en 1615, cuando se pedía que desde el Flandes español un Regimiento Irlandés de los Tercios se uniera a las fuerzas escocesas del tio de Aedh ó Donnell (señor de Islay & Kyntyre) para rebelarse contra los ingleses en Escocia.

Por medio de actividades subrepticias, como espías, agentes, sobornos e idas y venidas de clérigos entre Roma, España e Irlanda, Aodh Ó Neill no veía lo que nosotros llamamos “huída”, sino una “retirada estratégica”.

Campanadas a muerto.

El campanazo final llegó en 1616 cuando, todavía un “hombre vigoroso y fuerte, capaz de viajar”, el conde Ó Neill estaba contento ante la perspectiva de volver a Irlanda y se aferraba a su espada como emblema de lo que había podido ser y no fue.

En julio de ese año murió en Roma, deseando

dejar este país, donde sé que no podré vivir mucho más. Yo podría ser de mayor servicio a Su Majestad en mi propio país o en cualquier otro más que aquí en Roma, donde lo único que puedo hacer es enterrar mis huesos junto con los de otros irlandeses que han muerto aquí.

Consecuencias

Mientras Ó Neill vivía, los planes de Plantación de Ulster que ya había iniciado Isabel y que acogió de buen grado su sucesor Jacobo, apenas levantaban vuelo. De hecho, los rumores de un retorno del conde enfriaban los ánimos de quienes deberían volcarse en ello (emprendedores particulares, gremios, etc.). Y por otro lado, la violencia desanimaba tanto a los que intentaban asentarse como a los que se acogieron al “Acta de Olvido” (1608) según la cual no esperaban perder todos sus derechos sobre sus propias tierras, cosa que por lo demás vieron desmentirse una y otra vez…

Pero una vez muerto el Conde el asentamiento se desplegó en todo su poder, incluso con un matiz punitivo que favoreció una rebelión igualmente extensa y dura en 1641. Significativamente, en esta rebelión los Ó Neill fueron de nuevo protagonistas. Sus tierras fueron puestas a disposición de “plantadores” ingleses y escoceses.

La cultura gaélica, con sus nobles arropados por un entorno de poetas, músicos, legisladores, eruditos, clérigos… acabó aquí.

Los nobles eran los “nudos” que trababan la red de un mundo que se vino abajo cuando ellos desaparecieron, física, legal o moralmente. Las leyes irlandesas antiguas -con sus diferencias con las que tenía el inglés- no es que fueran abolidas, que también  lo fueron bajo el tratado de Mellifont, es que fueron cayendo en desuso al dejar de existir la sociedad sobre la cual se aplicaban. Lo mismo empezó a pasar con la lengua, pero como ésta es vehículo de comunicación entre indivíduos, no es tan fácil de erradicar a menos que el Estado meta sus narices (que también las metería).

La Huida de los Condes marcó el fin de un mundo que había sido original y brillante en muchos aspectos, teniendo en cuenta que floreció en una remota islita del Oeste del Mundo, azotada por el viento, la lluvia y el mar.

A partir de 1607 sobre ese mundo solo podía haber… nostalgia. La nostalgia es peligrosa, porque no produce cosas sólidas, sino fluidos como lágrimas o sangre.

Solo que la nostalgia aquí, es verde.

****** BREVE BIBLIOGRAFÍA***

Los enlaces que he ido dando en los distintos posts sobre el tema ya pueden servir para que quien quiera ampliar y mejorar la información, lo haga. No obstante, añado un poquito de bibliografía sobre alguno de los aspectos que aparecen en la serie:

  • El trabajo de Oscar Recio Morales “El socorro de Irlanda en 1601 y la contribución del ejército a la integración social de los irlandeses en España” Ministerio de Defensa, col. Adalid 2002 y este estupendo artículo en la Revista electrónica “Tiempos Modernos”. El libro se puede encontrar en la Librería de Nautica.
  • En este enlace está en inglés el libro de Tadgh Ó Cianain que narra la marcha y las vicisitudes de los Condes fuera de Irlanda.

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(1) Ó Donnell el Rojo fue enterrado en un convento franciscano de Valladolid que ya no existe. Nunca sabremos qué fue de sus restos. Al parecer, los Ó Donnell que posteriormente se hicieron famosos en la Historia de España -y que tienen ilustres descendientes en nuestros días- no vienen de esa rama de la familia, sino de otra.

(2) La fecha de la carta, 12 de Septiembre, debe contarse en el antiguo cómputo cronológico inglés, que supone que la Huída sucedió el 4 de Septiembre.

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