La larga marcha de Dónal Cam

La larga marcha de Dónal Cam


Pocos de los madrileños que el 16 de julio de 1618 vieron como un inglés desaforado acuchillaba a un maduro caballero que salía de misa del convento de Santo Domingo, sabían que la víctima era uno de últimos de una casta antigua y orgullosa, testigo del fin de su mundo en una lejana isla europea. 

Como mucho, se harían lenguas de que se trataba de un extranjero de alta posición, tal y como podía verse por sus ropas y las de quienes le rodeaban; o murmurarían que era habitual verle salir de la iglesia dos o tres veces al día: un caballero devoto.

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Menos aún sabrían que aquel caballero que llevaba el rosario en una mano y en la otra unos guantes, había sido protagonista de uno de los hechos más conmovedores de la historia de Irlanda

Después de la batalla de Kinsale, a los españoles se les permitió conservar su dinero, armas y emblemas, así como obtener víveres con los que volver a España, cosa que fueron haciendo poco a poco. Pero mientras los nuestros se rendían, en otra península cerca de Kinsale, un señor gaélico decidía continuar la guerra por su cuenta… y a su estilo.

Acosado por las deserciones y las banderías de los suyos, este señor fue el protagonista de una hazaña singular: la marcha durante quince días con mil de los suyos, desde el extremo sur de la isla hasta el actual condado de Leitrim, en el norte, trescientos kilómetros en pleno invierno.

Estamos hablando de Donal Cam Ó Sullivan Beara (1561-1618), en España Conde de Berehaven y Caballero de Santiago.

Beara es la península al extremo suroeste de Irlanda, territorio de dos ramas de los Ó Sullivan y de otras familias relacionadas con ellos. Poseían los castillos de Berehaven y Dunboy (que pertenecía a O’Sullivan Beare), Castlehaven y Baltimore (de O’Driscoll, su pariente) entre otros. Se trataba de un señorío menor, aunque a partir de las “rebeliones de Desmond” empezaron a destacar en la provincia de Munster. Durante la guerra de los Nueve Años, los O’Sullivan no estaban claramente al lado de los sublevados, pero cuando éstos tomaron camino de Munster para recibir a los españoles, Donal Cam, señor de Berehaven y Dunboy, ya se les había adelantado al firmar una carta para Felipe III en la que pedía ayuda al Rey de España y se ponía bajo su protección.

Después de lo de Kinsale, chasqueado por la rendición española que implicaba la pérdida de sus castillos, Donal Cam pertrechó el de Dunboy con unos 140 defensores y con la artillería que dejaron los españoles. Luego, se refugió en el área boscosa de Glengarriff, mientras esperaba un nuevo socorro que nunca llegó. 

Según parece, en mayo de 1602 se envió una pequeña ayuda enviada a través del Conde de Caracena, gobernador de Galicia: un barco con dinero, armamento y munición que zarpó de La Coruña el 24 de dicho mes. Nunca más se supo.

Cosa curiosa: la carta en la que se manda a Caracena preparar dicha ayuda está dada en Aranjuez el 16 de mayo, según muestra Oscar Recio Morales en su libro sobre el Socorro de Irlanda.

O’Sullivan obtuvo algunas victorias contra sus enemigos por medio de una dura guerrilla en la retaguardia. Recuperó fortalezas que habían sido ocupadas por los ingleses o por sus aliados, entre ellos su primo Owen O’Sullivan con el que estaba enemistado por causa de la jefatura familiar. Mientras tanto, su castillo de Dunboy sufrió un terrible sitio del 5 al 18 de junio, tras el cual los defensores fueron torturados y ejecutados in situ. Una masacre de hombres, mujeres y niños en la cercana Dursey Island siguió a la toma del castillo.

En diciembre de 1602 los ingleses se hicieron con todo el ganado de la partida de Ó Sullivan, unas 6000 reses entre vacas y ovejas. Esto fue el detonador de la larga marcha desde Glengarrif hasta el Bréifne. 

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El objetivo era reunirse con su aliado O’Rourke y por supuesto, engrosar el ejército de O’Neill que había regresado a sus “cuarteles” en los bosques de Glenconkeine, como se relata e otro de nuestros posts.

Los acompañantes de Ó Sullivan, entre hombres de armas, mujeres, niños y siervos, llegaban hasta mil. Pocos de ellos sobrevivirían a la terrible marcha.

Además de que era invierno (salieron el 31 de Diciembre), con lo que la humedad y el frío se cobraron su tributo, tanto los ingleses persiguiéndoles como los aliados irlandeses de éstos acosándoles e impidiéndoles entrar en sus territorios, descansar o hacerse con víveres, causaron tantas bajas como las propias penalidades de la marcha.

Hubo también durísimos encuentros con el enemigo. Felipe Ó Sullivan Beara, sobrino de Dónal, lo cuenta con orgulloso detalle en su libro, incluso cuando la exageración se detecta en sus palabras:

Cuando llegaron a un lugar llamado Aughrim, Henry Malby, un Inglés, Thomas Burke, el hermano del Conde de Clanrickarde, y Richard Burke, con cinco compañías de a pie y dos tropas de a caballo y una banda de nativos, vinieron contra él. El relinchar de sus caballos, el brillo de sus espléndidas armaduras, el bramido de sus trompetas, el sonido de sus gaitas, el golpeteo de sus tambores, todos anticipando alegre y orgullosamente la victoria, desalentaban a la pequeña banda de Católicos y causaban terror en sus almas.

A pesar de la tremenda visión que describe, la banda se las arregló para vencer a este ejército y escapar a marchas forzadas:

O’Sullivan, para evitar el golpe de la caballería enemiga, llevó a su columna hacia un bosquete cercano, a través de un terreno turboso y blando. Los jinetes realistas desmontaron y se unieron a los piqueros, para intentar llegar antes que O’Sullivan al bosquecillo. Habiendo perdido catorce tiradores [que intentaban contrarrestar a los mosqueteros enemigos], de pronto O’Sullivan volvió su tropa -que se encontraba a un tiro de flecha- contra la columna enemiga. Esta repentina vuelta aterrorizó a los realistas (…) Enseguida, las vanguardias de ambas partes empezaron a luchar a espada desnuda y con las lanzas tendidas. El primero de todos, el capitán Maurice O’Sullivan, se enfrentó a Richard Burke, pero antes de que alcanzara suelo firme, fue golpeado y derribado por Richard, que estaba de pie en suelo seco. A pesar de todo, no fue herido ya que estaba protegido con su cota de mall. Donogh O’Hinguerdel dio a Richard un golpe de sable que le cortó la mano derecha, cuando estaba a punto de dar un segundo golpe de pica; Maurice, entonces, se levantó rapidamente y lo atravesó con su lanza. Hugh O’Flynn lo acabó con su espada cuando ya estaba caído y medio muerto.

Otras veces, el encuentro era tan violento que no había tiempo de enterrar a los muertos o de recoger a los heridos, y debían continuar, moviéndose de noche o al amanecer, con largas caminatas de más de 30 ó 40 km.

Espoleados por el hambre, los seguidores de Ó Sullivan eran capaces de cualquier cosa. Así, tomaron al asalto la fortificación de Donohill (Dún Eochaill ¿en Tipperary?) para hacerse con toda la comida que allí se encontraba: loz primeros que llegaron se comieron cualquier cosa que vieran preparada, el resto devoró la harina, las judías secas y la cebada “como si fueran animales”, dice Don Felipe. Y cuenta también que

La lluvia caía sobre ellos de tal manera que apenas eran capaces de soportar el peso de sus ropas empapadas. Agotados, se hundían en la nieve y en los barrancos y, cuando intentaban tirar unos de otros, más bien eran arrastrados por sus compañeros que éstos sacados por ellos.

Muchos de los escapados se iban quedando en los territorios por los que pasaban, ya sea por estar demasiado enfermos para continuar, o simplemente, porque desertaban ante las terribles condiciones de la marcha. Varias veces tuvieron que caminar de noche para escapar de un ataque, o dar un rodeo para evitar un encuentro directo con el enemigo. El hambre y la enfermedad se cebaron en ellos, sobre todo en los más débiles, aunque Felipe O’Sullivan declara:

Me asombra que Dermot O’Sullivan, mi padre, un anciano de casi setenta años, y las mujeres de delicada naturaleza, fueran capaces de pasar tales calamidades que jóvenes en la flor de la edad y el culmen de su fuerza fueron incapaces de soportar.

Apenas 16 hombres de armas y muy pocos de los demás llegaron a su destino: solamente 35 de los mil originales. Mujeres, en realidad, solo una sobrevivió: precisamente la esposa de Dermot Ó Sullivan.

Una vez acogidos por los O’Rourke se enteraron de que Ó Neill se había rendido y firmado el tratado de Mellifont. Descorazonados, debieron buscar el perdón de los ingleses en el contexto de la política de “surrender and regrant”, pero la carta a Felipe III con su firma -que había sido interceptada por el enemigo- disuadió a Dónal Cam de intentarlo e inició viaje hacia España…

Sus hijos Daniel (Dónal) y Dermot y los primos de éstos, uno de ellos Felipe (que después sería el historiador), ya estaban en Galicia, alojados con otros jóvenes nobles irlandeses en casa del Conde de Caracena, quien corría con todos los gastos.

Dónal Cam, retrato anónimo (escuela española)

A su llegada, O’Sullivan fue engrandecido con honores por el rey Felipe III, que le otorgó el título de Conde de Berehaven y le concedió una pensión de por vida. Además, consiguió avales para ser nombrado caballero de Santiago y con el emblema de la Orde, además de una rica armadura, se hizo el retrato que hemos puesto arriba. 

Con su hermano Dermot y con los hijos de los dos formaron parte de una activa red de irlandeses que abogaron por la intervención militar de España en Irlanda, a la que se oponían incluso muchos compatriotas -de éllos y nuestros-, pues el exilio irlandés en España reflejaba las mismas divisiones entre gaélicos y Old English que en la isla.

Su hijo mayor, Daniel (Dónal) fue nombrado caballero de la Orden cuando solo tenía 10 años, en 1607, y fue militar en Flandes “con 30 escudos de mantenimiento”. Parece ser que murió de forma accidental y por eso el hijo más joven -Dermot- heredó el título condal de su padre y llegó a alcanzar el cargo de Mayordomo Mayor de Palacio en la Corte de Felipe IV, entre otras dignidades.

Dermot O’Sullivan, hermano de Dónal Cam, co-protagonista de la marcha y padre del historiador, vivió una larguísima vida en España. Alcanzó la edad de 100 años y fue enterrado en La Coruña, igual que su esposa. Sin embargo, su línea de descendientes se agotó, ya que la última hija que le quedaba viva fue monja.

Como el propio Felipe narra, su único hermano había muerto antes, combatiendo por España en la Armada. Otra hermana murió en la mar, en un viaje a Irlanda. 

*********** (COTINUARÁ)

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