Santos raros


Una de las cosas que mas me llama la atención de las fuentes medievales irlandesas, es que las historias de santos a veces muestran un aspecto extravagante, incluso francamente negativo, del homenajeado.

No es que tal cosa no sea rara en otra hagiografías, vamos a ver. A menudo el hagiógrafo se las ve y se las desea para que algo que le ha llegado como leyenda -y la imaginación cristiana no es menos libre que cualquier otra-, calce como relato de una ejemplaridad. Por eso, en general, hay milagros truculentos por todas partes: recordad el “milagro” de la abadesa embarazada de Gonzalo de Berceo… A lo que me refiero es, más bien, a pequeños detalles que indican una actitud que hasta pudiera ser real por parte del personaje glosado, si bien lo más “seguro” -hablando en términos de análisis textual- sea pensar que el hagiógrafo ha adaptado algo de su propia realidad a otro algo, anterior, que no comprende. No sé tanto como para afirmas que tal sea el caso.

Me he topado con dos historias de sendos grandes santos irlandeses -nada menos que San Columcille y san Ciarán- algunos de cuyos detalles, grandes o pequeños, sorprenden. Creo que lo mejor, para que se me entienda, es ir al grano.

  1. De la Vitae Columba de Adomnán.

    Imagen de: http://www.comeandseeicons.com/c/rbp01.htm

San Columbcille visita Clonmacnois, donde es recibido apoteósicamente por los que viven dentro y fuera del recinto monástico, que acuden como uno solo tras los pasos de su abad Ailither para homenajear al visitante. En la recepción se cuela un muchacho mal vestido y mal parecido (a los ojos de los seniores) que ansía tocar siquiera el borde de la capa que lleva el santo varón, quien viaja en ese momento transportado por cuatro hombres de Clonmacnois en una especie de palanquín. Aunque el pobre muchacho se acerca subrepticiamente, el santo “ve con los ojos del alma” lo que pasa y agarra al chico del cuello y se lo echa a la cara.

Los espectadores gritan: “Déjalo, déjalo, ¿por qué tocas a ese desafortunado y malvado muchacho?”. El santo, entonces, le pide al aterrorizado muchacho que saque la lengua, la cual bendice, lo mismo que al chico, al cual profetiza su futura virtuosidad, sabiduría y prudencia.

No, no es lo de la lengua lo que me ha llamado la atención; es el grito unánime de la multitud de espectadores:

“¡Déjalo, no lo toques!”.

Me figuro que se trata de un concepto de pureza versus impureza, de un caso de “No tocar, peligro de contaminación” que, evidentemente, no sirve para un santo, puesto que éste rompe todo tipo de barreras por la Gracia de Dios.

Pero, ¡rayos! si comparamos esta reacción con la que nos presenta el Evangelio de S. Marcos (Marcos 5, 25-32, el episodio de la hemorroísa) tan “realista” y tan racional (y tan educadita por parte de los discípulos de Jesús), aparece un contexto cultural tan diferente que aún teniendo en cuenta que un relato pudiera estar calcado o modelado a partir del otro (no es lo que afirma la fuente irlandesa) las diferencias son apabullantes. Veamos:

  • La hemorroísa del evangelio acude a rozar el borde de la capa de Jesucristo con una intención: quedar sana. En el contexto de la escena narrada por Adomnán, el chico no tiene otra intención que la de participar en la fiesta de bienvenida al ilustre visitante, a quien todos (los clérigos y habitantes de Clonmacnois) ya han besuqueado y tocado bastante.
  • No se aparta al muchacho de el santo; el chico está ya apartado en el contexto general de la comunidad monástica de Clonmacnois, pues explícitamente se dice que “no era bien visto por los seniores”, pero nadie corre a decirle “¡Échate fuera, piojoso!”. No es él el “culpable” o al menos no se hace hincapié en éste aspecto. Los espectadores están aterrorizados porque el santo ha cogido al muchacho; es a él, a Columbcille, a quien le dicen “¡Déjalo!” (orig.: ‘Dimitte, dimitte, quare hunc infelicem et injuriosum retines puerum?’ Parece que temieran que el santo fuera a comerse crudo al pobre.

Aunque por medio de la profecía subsiguiente el encuentro se “santifica”, o se regulariza de acuerdo con los cánones narrativos de un milagro, en sí el relato de la escena es tremendo.

¿Qué rayos esperaban los habitantes de Clonmacnois que hiciera el santo con el atrevido muchacho impuro?

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