Irlanda en la Edad de Oro ( y VIII)

Irlanda en la Edad de Oro ( y VIII)


(Viene de aquí)

A CADA VACA SU TERNERO, A CADA LIBRO SU COPIA

Dinda na Tána
Fragmento del Táin en Leabhar na hUidre

Pero la producción de libros en la Irlanda de la época dorada no se agota ni mucho menos en estos asombrosos ejemplos de arte. Porque la producción más interesante es la que, en lugar de enquistarse como “objeto mágico” y libro venerado como reliquia, se ejecutó y percibió como lo que era: obra sometida a las vicisitudes del saber humano y sus cambios, sus errores y sus intereses. Literatura, poesía y obra científica…

Lo más interesante de los libros de la antigua Irlanda es el contenido. Se copiaron, y tambien se produjeron nuevas, obras eclesiásticas en latín, comentarios bíblicos, traducciones del latín y del griego; Himnarios y Penitenciales; exégesis y hagiografía nativa.

Pero también obras civiles: narrativa pseudo—histórica, poesía, genalogía de grandes familias, leyes nativas… Y a esto hay que añadir la obra de los eruditos irlandeses en el continente: Dicuil (geógrafía) y Dungal (astonomía) y Juan Escoto (Filosofía, Teología), el más grande filósofo de la Alta Edad Media, además de la obra del otro Escoto o Scotus, Sedulius  (“el estudioso”) que vivieron en el s. IX, en torno a las poderosas escuelas de la Corte Carolingia.

Manual de Reichenau: Mise agus Pangur

Los primeros textos narrativos irlandeses se remontan al siglo VII y tratan de hazañas de dioses, héroes y reyes. Tradicionalmente se han descrito 4 Ciclos (Mitológico, Ulster, Lírico/Finn, Reyes) aunque la producción fue tan variada que existen frecuentes interrelaciones entre unos ciclos y otros. Su interés es grande porque se discute la relación que tienen con el mundo Céltico de la Antigüedad, ya que en ellos aparecen costumbres y dioses documentados (por otros medios) en el Mundo Antiguo. Es raro que no se cite alguna fuente irlandesa -mas o menos de primera mano- cuando se trata de la Céltica Antigua, aunque ya está muy en desuso la tésis de que la mitología que exhiben los dos Ciclos más épicos (Ulster y Mitológico) sea un calco exacto de mentalidades de la Edad del Hierro. Hay muchos siglos de diferencia entre el panteón galo -por ej.- y lo que se lee en los documentos medievales irlandeses. Es aún menos plausible que la pintura “social” que se desprende de éstos sea aplicable a aquellos.

Sin embargo, la épica irlandesa sigue siendo una fuente interesantísima para el estudio de la Edad del Hierro.

Sabemos que el escriba introducía en estos relatos su propia ideología Cristiana, propaganda política del momento y retazos de su propia erudición, ya fuera para racionalizar los sucesos que se narraban, o para componer una historia de acuerdo con reglas lógico-narrativas. La introducción de “propaganda cristiana” no es tan burda y fácil de detectar como podría parecer: a menudo, elementos que se han tomado por terriblemente nativos, son fantasías -o lo parecen- extraídas de (por ejemplo) el Antiguo Testamento o del conocimiento de los clásicos grecolatinos.

La crítica textual rigurosa suele ser implacable con los “fragmentos de venerable antiguedad” y las herencias de la Edad del Hierro. Por ejemplo, a principios del XX se pensaba que los textos irlandeses más antiguos habrían de ser en verso, lo cual coincide con el tópico de que la narrativa “primitiva” parte de fórmulas y de narraciones rimadas, así que muchos de los poemas que se encuentran salpicados entre la prosa en algunas de las narraciones irlandesas más conspicuas, “tenían que” ser de venerable antiguedad. Aunque parte de la idea se basa en un razonamiento sano, se podía demostrar que no todo y siempre sucedía así.

A partir de análisis linguísticos -se ha avanzado muchísimo en el conocimiento de la lengua irlandesa desde mediados del s. XX- y de la cuidadosa “estratigrafía” de cada narración, así como del descubrimiento, edición y comparación de versiones  distintas del mismo relato que sirven para hacer “historia textual”, se ha llegado a la conclusión de que muchos de esos poemas son más bien creaciones de los escribas en lenguaje deliberadamente “arcáico”, para dar sensación de solemnidad a los pasajes que describen. Así que son muy raros los fragmentos verdaderamente antiguos que pueden aparecer insertados en relatos más modernos y no necesariamente proceden directamente de la tradición oral.

De hecho en la mayoría de los relatos extensos se recurre una y otra vez al tópico de “lo que dicen otros libros” o “según dicen otros libros”. Los escribas (como se llamaban a sí mismos los autores, con ecos bíblicos) utilizaban los recursos que tenían a mano -que eran muchos- para dar vida a sus obras. La imagen del copista irlandés escribiendo fielmente al dictado de filidh (poetas) cuya memoria llegaba hasta tiempos pre-históricos hace ya tiempo que desapareció del panorama del estudio de la narrativa irlandesa.

Página del Libro de Leinster
LL fol. 53

Gracias a esto, el conocimiento de cuál era el medio en el que crecieron estos libros y cómo funcionaba su creación ha evolucionado rápidamente.

Las obras principales se encuentran en compilaciones de manuscritos. Una de las más antiguas que contiene textos narrativos es el Libro de la Vaca Parda (Lebor na hUidre), del inicio del s. XII. Más tardíos son el Libro de LéinsterLebor na Nuachongbála y el Libro Amarillo de Lecan (ya del s. XV). Otras compilaciones contenían textos legales, como el Senchas Mór.

Todas ellas, como indica la palabra compilación (o recopilación) son el trabajo de varios escribas en distintos momentos de la historia del “Libro”. Por ejemplo, en el Leabhar na hUidre trabajaron tres escribas principales, mientras un cuarto escriba (el llamado H) lo hizo mucho después, ya en el s. XIII, añadiendo sus propias copias e incluso borrando y escribiendo encima de lo que otros habían escrito antes. A menudo la recopilación se extiende mucho en el tiempo y por tanto existen cambios, contradicciones y faltas que la crítica textual es capaz de discernir.

Estos libros eran la obra de escritorios o escuelas en los que se trabajaba la creación y no tanto la copia fiel. Los escribas no eran monjes sujetos a reglas inexcusables -me refiero a obediencias intelectuales, no a reglas religiosas-, y en ocasiones se mostraban críticos con el material que tenían a mano, consiguiendo obras que nos fascinan por su riqueza ¡a pesar de que muchas veces su apariencia es pobre y hasta aburrida para nuestros cánones literarios!

Una de las cosas más fascinantes del estos textos es comprobar que quienes los realizaron pertenecían a familias que se dedicaban a los libros desde varias generaciones atrás. La familia de los Descendientes de Conn de los Pobres -un Ulaid afincado en el monasterio de Clonmacnois en torno al año 1.000- ostentó cargos de gran importancia en relación con las distintas dependencias del monasterio, el más grande, rico e influyente de Irlanda.

El escriba principal del Lebor na hUidre, Máel Muire mac Célechar, a quien los Anales tildan de “magister scriptorium” (director, editor y jefe de los miembros del escritorio) pertenecía a esta familia, como prueban los documentos y sus propias firmas en distintos sitios del manuscrito. Debía ser hijo de uno que tuvo el cargo de Obispo del territorio monástico. Sus tíos o primos fueron “seniores” (superiores monásticos), abades de Clonmacnois y supervisores (erenagh) de varias de sus casas e iglesias, u ocuparon puestos como el de anamchara o penitenciario. Realizaron obras públicas para el monasterio y seguramente impulsaron la creación de manuscritos en él. Sin duda, estaban comprometidos con la redacción de Anales y notas históricas a la vez que eran miembros de un grupo monástico aún poco conocido, los Céli Dé o “Amigos de Dios”. Casi todos los Meic Cuinn na mBocht eran laicos. La prueba es que su presencia en los Anales decae después del Sínodo de Rath Breasail (1111) que impuso la prohibición de ocupar cargos eclesiásticos a los laicos. Al hacerse clérigos y, en consecuencia, célibes, estas familias fueron desapareciendo.

Aún así, muchos libros de origen monástico han sido guardados por significativas familias irlandesas casi hasta nuestros días. Todo esto demuestra que el cariño por el conocimiento y la erudición libresca que se sembró en los monasterios irlandeses de la época dorada siguió dando frutos hasta muchísimo después de que los monasterios hubieran desaparecido, destruidos u olvidados por los vaivenes de la apasionante Historia irlandesa.

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