Por fin me siento a escribir


Escribir es como una orfebrería, en la que se trata de encajar cada pedacito de lo que se tiene en mente con un patrón -a veces gigantesco- que sujeta el armazón de la historia.
Cuesta un montón.
No solo es el “miedo a la hoja en blanco” -que también, y da lo mismo que la hoja sea virtual o no- sino sobre todo el miedo al embrollo que se plasma en el primer borrador y que hay que desenredar pasito a paso, ya digo: como un orfebre.
Sé que suena grandilocuente. Pero, como decía aquel, no puedo remediarlo.
Así que aprovecho cualquier rendijita en mi asustadizo acercamiento a la escritura para meter una cuña de líneas, de nuevas imágenes que van dando forma al relato.
¡Qué sudores!

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