Los gatos que se asoman a las ventanas


La tira de hoy de MIAU resume perfectamente la sensación que nos da a nosotros ver a un gato asomarse al bordecito mismo del balcón.
Bueno, la sensación de Belfi y los ojos que pone en la segunda viñeta también quedan claros: ¡qué horrible es el mundo ahi fuera!

A mi me da mucho miedo ver al gordo Pangur pasearse por los tejaos. No puedo poner malla en el balcón, así que lo abro poquísimo y de todos modos no parece muy interesado; aunque ahora hay una gatita blanca en la casa de enfrente que no me cabe duda de que la mira con interés…

Pero, ¿cómo iba a poner malla en la ventana que da al tejado? Ya es demasiado tarde.
Lo pasé muy mal las primeras veces, hasta de creerme que ya se había caído y salir a buscarlo por toda la manzana, como una desesperada.
Pero he llegado a pensar que ESA es la libertad que escoge, que no tiene otra el pobre (bueno… admito que eso es discutible y que no deja de ser una excusa). De hecho, ha hecho buen y mal uso de ella: lo saben las plantas de un vecino y las palomas que ya no vienen tan a menudo a estos tejados.
La verdad es que de momento confío en su instinto de conservación -y en su instinto cazador, que no decae pese a lo que ha engordado-, porque cuando sale me pone de los nervios.
Su ángel de la guarda hace horas extra, seguro.

(Grrr, no tengo ninguna foto de un rabo neeegro asomando por detrás de las salidas de humos, señal inequívoca de que Pangur ha encontrado un sitio donde echar la siesta mejor que debajo de la máquina de aire acondicionado del vecino).

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