Ayuno, peregrinación y martirios de colores


“La cocinilla” de S.Kevin, Glendalough.

En esta entrada aludía al monasticismo irlandés como “heroico”.

La explicación a este adjetivo nada tiene que ver con conceptos pseudo-celtos de mitología guerrera, sino con una muy cristiana ideología de militancia contra el Mal, que en el caso irlandés se manifiesta con énfasis en lo individual, en la resistencia ante los rigores de la naturaleza (humana y “natural”) y en otros medios de combate como los ayunos, el alejamiento de la comunidad (peregrinación, Exilio Por Cristo, etc.) y el eremitismo.
El medio donde se daban estas cosas no podía ser otro que el monasterio.
 S. Pacomio, uno de los primeros anacoretas de Egipto,
con un ángel. 
El monaquismo tuvo su origen en Oriente, cuando el Imperio Romano de Occidente se deshacía. Desde finales del s. III la costumbre de vivir en comunidades aisladas del decadente mundo urbano, con reglas propias, formando pequeñas “ciudadelas” autosuficientes dedicadas a la oración y el trabajo estaba muy extendida, sobre todo en Egipto y Asia Menor. Además, en los desiertos de Egipto se había iniciado una tendencia muy interesante: la de algunos indivíduos que buscaban aislarse de la propia comunidad religiosa, que habitaban en una cueva, cabaña o sitio solitario, para practicar ayunos u otras “mortificaciones” o para vivir con mayor intensidad la experiencia religiosa.
Esto eres lo que se llama eremitismo o anacoretismo, aunque entre los anacoretas hay diversos grados de convivencia con el resto de la comunidad.
Pues bien: cuando el cristianismo se introdujo en Irlanda (finales del s. V), estas formas tan individualizadas de practicar la fe fueron las que  más se extendieron por la isla, arraigando rápidamente por afinidad con rasgos de la cultura céltica.
Esto no implica que los cristianos irlandeses calcaran de los celtas paganos sus instituciones o prácticas sino más bien que anclaban su cristianismo en la cultura  y sociedad propia, sin adoptar elementos extraños, como por ejemplo la organización centralizada, urbana, de la Iglesia. Esto es lo que dió originalidad y brillantez a la cultura irlandesa de los primeros siglos de la Edad Media.
Por ejemplo: el funcionamiento y organización de los monasterios tenía mucho que ver con el de las tuatha o unidades de población “tribal” y le debía poco a la organización urbana, de origen greco-latino, que nos trae a la mente la palabra “monasterio”.
Representación de un monasterio irlandés (por Liam de Paor)
Aparte de eso, hay que tener en cuenta que esta imagen de “monasterio” como un edificio único con una organización centralizada, es muy posterior en la cronología y que también se diferencia mucho del estilo de los primeros monasterios de Oriente, en los que se inspiraban los irlandeses.
El Cristianismo y la Iglesia no se formaron de un día para otro y en el s. V se parecía poco a lo que fue en los siglos plenamente medievales. Entonces no existía un Papado, ni una Jerarquía como hoy la conocemos, ni tampoco un ritual unificado.
Había diversas reglas monásticas y ésto en Irlanda llegó a ser un problema. Tampoco existían algunos Sacramentos en la forma que se conocieron luego o se practican ahora, y el mejor ejemplo de ello es la Penitencia, que era pública hasta que los monjes irlandeses “inventaron” la confesión privada y la tutoría espiritual.
El concepto de “mortificación” del cuerpo o de castigo a éste no es lo que mejor define el heroismo monástico irlandés. Más bien se trata de un sentido aventurero, de desafío a lo natural y a lo humano, para trascenderlo y acercarse a lo divino.
Esto lo expresa de una forma muy gráfica La Homilía de Cambrai -uno de los primeros texos cristianos irlandeses- al hablar del “Martirio blanco, azul y rojo”.
Aunque hay varias interpretaciones de este simbolismo de los colores, existe una bonita una analogía: blanco es el ayuno, que hace palidecer la piel; azul, la peregrinación por Cristo porque el mar azul aleja de la comunidad y de lo conocido. Rojo, por fin, es el martirio alcanzado por medios violentos.

Los ayunos y la moderación en la comida eran parte sustancial de la vida según las Reglas monásticas. Recordemos que la Iglesia Oriental incluye varios periodos de ayuno en su calendario litúrgico, así que no resulta extraño que los irlandeses hicieran hincapié en este aspecto. Sobre todo, las Reglas preveían ayunos para los que se dedicaban al estudio, que debían comer en ecasa cantidad para ayudar a mantener el espíritu despierto.
Hay que decir que en los monasterios de Irlanda, famosos por su cultivo del conocimiento y los libros, el eremitismo y el cultivo de la sabiduría no estaban reñidas, pues los Anales informan de más de un “escriba y anacoreta” famoso.
Aún así, la diversidad de Reglas monásticas de Irlanda asegura que lo que para unos estaba prohibido o severamente restringido, para otros era sano, de manera que podemos encontrar un gran abanico de puntos de vista sobre lo que es “ayuno” en ellas.
El idioma gaélico ha conservado los nombres de tres dís de la semana basados en la palabra ayuno. Se trata del miércoles (Cétáin: “primer ayuno”) y del viernes (Aoine: un derivado del latín ieiunum). En medio de ámbos, el moderno Déardoin (jueves) nos recuerda “el día después del ayuno”…

La peregrinación, en el sentido de movimiento en busca de una meta espiritual (conocimiento, experiencia religiosa más honda…) era una característica primordial del monasticismo irlandés. La imagen tópica del monje era un hombre que camina con un báculo y un zurrón que contiene libros.
En el contexto de la sociedad tribal irlandesa, en la que abandonar el propio distrito era convertirse legalmente en extranjero, ir de un lado a otro con plenitud de derechos solo estaba permitido a las “gentes de oficio” (áes dána). Los monjes también gozaban de este privilegio, y no estaban ligados a un monasterio en particular.

En los siglos XI y XII hubo graves problemas debido a esta tendencia, que entraba en conflicto con la progresiva centralización de la Iglesia de Irlanda bajo obediencia a una sede episcopal (ya fuera Cashel, Armagh u otra) y la unificación de Reglas -hasta la introducción de la Regla Benedictina.

Enlace

Mención especial requiere la Peregrinación por Cristo, en la que se viajaba con el objetivo de difundir la enseñanza Cristiana. El ejemplo típico de esta modalidad de martirio fue San Columbano (no confundir con S. Columba de Iona… aunque éste también fue peregrino) que viajó por toda la Europa Central fundando monasterios y dejando que sus seguidores los fundaran también, hasta su muerte en Bobbio, Italia.

Otro símbolo muy completo de estos “exiliados por Cristo” fue el mitológico San Brandán el Navegante, el relato de cuya vida y viajes fue uno de los más conocidos en la plena edad Media por toda Europa, mientras Irlanda y sus monasterios desaparecían de la primera línea cultural y espiritual que tuvieron en los siglos VI al VIII.

En este precioso blog le han dedicado una serie y también se pueden encontrar enlaces a los Himnos Ortodoxos dedicados a este santo viajero, fundador de eremitorios y escuelas monásticas.

S. Brandán, patrón de las ballenas (no es broma)
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