EL LENGUAJE DE LAS GAVIOTAS

Pasó la mitad de su vida en una biblioteca, decidido a desentrañar los misterios del saber.
Cuando comprobó la vanidad del intento, que las frases eran cada vez más largas y los neologismos más incómodos de pronunciar, se afeitó media cabeza, como dicen que hacían sus antepasados, de oreja a oreja. No tiró los libros al lago, porque sospechaba que las nutrias tenian la costumbre de devolverlos a la superficie, pero se embarcó por las mismas aguas en su bote de cuero y remó hasta la boca que daba al mar.
Y aún siguió remando y remando, hasta que una abertura en la roca de la orilla pareció ofrecerle refugio. Una cueva abierta, como la boca sin dientes de una vieja que dijera: “Ven, pajarito… te he dejado las natillas calientes.”
No hubo natillas, ni sopa tibia para él en los doce años siguientes. Solo algas saladillas y el grito de las gaviotas.
Llegó a enloquecerle aquél “¡Cúig, cuúig, cúig!” repetitivo y excitado, que predominaba sobre el ruido de las olas. ¿Por qué las gaviotas sólo cuentan hasta cinco?
Entonces comprendió.
Era otra cosa lo que decían.
La mañana que entendió, por fin, el lenguaje de las aves, fue la misma en que una ola lo arrebató del borde de la cueva y lo entumbó en el océano.