Es una delicia mañanera ese paseo por los Jardines, escuchando el silencio envuelto por la niebla -sobre todo cuando hace más frío- o el canturreo de pájaros y patos extendido por el aire. El cambio de las estaciones propicia el que uno escuche a veces el traqueteo del pito real sobre la madera de un árbol o el saludo cordial de algún conocido que viene a hacer ejercicio a primera hora. Para alguien que tiene muy mermadas sus capacidades auditivas, las dos cosas son una delicia.
Ya jode (estoy hoy muy fina de palabrario, qué le vamos a hacer) el que algunos días de verano el altavoz de la Piragüera, o el de la Hípica, o los dos, desgranen a todo volumen esas panchangas a base de mazo de ferrería que tan bonitas suenas en los coches tuneados. Uno va a pasear al Jardín (cualquiera de los dos Jardines) y se encuentra el aire irrespirablemente encenagado por el ruido de la siderurgia musical. En el pueblo dirían (también muy finos con el palabrario) “¡Pa’ mear y no echar gota!”.
Pero bueno, al fin y al cabo, eso sucede FUERA del espacio ajardinado.
Por eso me pregunto si es necesario que el Patrimonio Nacional equipe a sus operarios de dentro del Jardín con esa cosa ruidosa, fea y espantable con que mueven de un sitio a otro las hojas caídas, a base de aire comprimido y gasolina.
Conste que no me quejo de que lo hagan -que lo hacen- cuando aún no ha llovido suficiente para no convertir este trabajo en una polvareda irrespirable que espanta paseantes, aves y sentido común. Ni de que para llevarlo a cabo se monten, literalmente, a horcajadas encima de los setos de evónimo -que también lo hacen-. Debe ser que el ruidaco infame, del cual se protegen con auriculares, les impide pensar adecuadamente y por eso hacen cosas que a ningún paseante se le permitirían. ¡Qué bonito es ser jardinero-zen!
Luego se farfullará sobre ecología, cuidado del medio ambiente, poética, limpieza, bienes de uso público, impuestos bien gastados, tururí, tarará, pero el trabajo de “removedor de hojas caídas” (no entro en la cantidad de energía que se gasta en “alinear” las hojas con ese sistema tan aleatorio, un chorro de aire a 380 km/h, tan fino como echar sal a la comida con una pala excavadora); ese trabajo, me parece una industrialización infame de algo que, por su propia definición, no es industrial o al menos debería tener limitada la industrialización.
Leo en libros antiguos que, en épocas pretéritas, se usaban en el trabajo de los jardines de Aranjuez camellos expresamente delicados en sus andares para no estropear el suelo. ¡Juas, que mariconada! Hoy llega un señor que poco más y va vestido de astronauta y te mete por la oreja una manguera de aire comprimido con un ruidaco infame que se extiende por todo el Jardín sin límite ni frontera. A veces, como esta mañana, van en parejas…
¿No podría el Patrimonio pensarse el dotar a estos señores de algo más silencioso? No sé, un rastrillo, un cepillo de raíces, un pincho como el que llevaban los entrañables limpiadores de basura de playa que… ¡bueh! esa es otra.
No digo que no haya que recogerlas (una vez amontonadas y antes de llevarlas a la planta de compostaje) con algún sistema de aspiración rápido y ruidoso. Tampoco pretendo que su labor tenga que ser más “penosa” al utilizar medios manuales, pero me pregunto si no es penoso de por sí trabajar con tanto ruido… Si se tratara de siderurgia, no me lo plantearía, pero ¿trabajar de jardinero?
No sé, es un contrasentido, una de esas idioteces faltas de sustancia que tanto nos abundan en este siglo.
**** ACTUALIZACIÓN: Euhmm, sí: el morro de hacer negocietes y “baratos” a una entidad pública mediante material en este caso inadecuado “ecológicamente”, pensado en el despachito, “yo te lo guiso tú me lo das crudo”… etc., también es muy de nuestro siglo.
